Hay países que se miden por sus carreteras, por sus edificios, por sus índices económicos. Colombia también podría medirse por sus salas de espera. Esperamos una cita médica. Esperamos una respuesta. Esperamos un empleo. Esperamos que llegue el bus. Esperamos que contesten un derecho de petición. Esperamos que avance un proceso. Esperamos que abran una convocatoria. Esperamos que alguien cumpla lo que prometió. Esperamos.
Y quizá lo más extraño no sea tener que hacerlo, sino que hemos aprendido a hacerlo sin demasiadas preguntas. Nos dicen que hay que esperar porque “el sistema está colapsado”. Que hay que tener paciencia. Que el trámite toma tiempo. Que todavía no hay respuesta. Que hay que esperar el turno. Que “eso está en proceso”.
Y nosotros asentimos. Como si esperar fuera inevitable. Como si detrás de cada demora no hubiera también una decisión, una ausencia, una institución que no funciona, una respuesta que alguien decidió postergar o una estructura que aprendimos a soportar. Hay algo profundamente colombiano en esa paciencia que a veces confundimos con resignación. Nos hemos convertido en expertos en esperar.





