El panorama no es claro —desde hace rato— y en lo personal me crea inquietantes dudas sobre la solidez de nuestra “unidad nacional”, pues el concepto de nación supone la existencia de un grupo de personas que comparten elementos en común, como la cultura (costumbres, tradiciones), idioma, historia y, sobre todo, valores o identidad. Esto último es fundamental.
Sobre idioma e historia, salvo algunas aclaraciones, creo que podemos convenir en que sí se da esa afinidad, pero de allí en adelante no la veo respecto de la cultura y tradiciones; y si añadimos los “valores”, hágame el favor, no percibo qué tanto en común puedan tener sectores tan distintos ejerciendo todo tipo de violencias y pretendiendo que su verdad o sus intereses son los únicos que valen, justificando así su proceder para aplastar y eliminar física o moralmente a quien no sea su par.
Y ello porque ningún resultado que se origine en victorias precarias o dudosas será estable; solo la fortaleza de una decisión colectiva realmente mayoritaria garantizará el respeto y la durabilidad de lo decidido. Me parece que eso de la mitad más uno hay que replantearlo y derivar a la exigencia de mayorías más calificadas, pues alejará el punto de crisis e incidirá en moderar el denuedo de los contradictores, haciendo a los actores más flexibles y conciliadores, toda vez que para hacer valer su criterio, necesitarán de más capacidad de acuerdo y conciliación. Es una cama para mucha gente.
¿A dónde nos podría llevar la aguda contradicción que hoy tenemos? ¿No será que una simple ventisca hará derrumbarse la precaria armazón que nos sostiene? Que no vaya a suceder como en las sociedades comerciales cuando se entra en causal de disolución y liquidación, cuando desaparece lo que el latín jurídico denomina animus societatis y se evaporan los lazos que mantienen la vida societaria y, en forma similar, la nacional.
Cuando la radicalización y la intolerancia alrededor de los varios modelos políticos convocan a la violencia, al terrorismo, al “todo vale” y se agrede sin medida en lo físico y moral, vamos mal; poco o nada va quedando de aquel sentir que nos permitía tratar y valorar a los demás como compatriotas y, por el contrario, convertirlos en un enemigo o, como ahora se dice, en “objetivo militar”.
¿Qué será del país después de elegido el próximo presidente?, pues aparentemente nadie tiene mayorías y el ungido tendrá que echar mano o a la “mermelada” para garantizar el funcionamiento de su gobierno o acudirá al mecanismo que se utiliza en cualquier computador: reiniciarlo, y ese será el comienzo de una radicalización más crecida y profunda, que hará sonar mucho más los fusiles y las bombas. Con tanto odio y agresión en el ambiente, estamos peligrosamente al borde del abismo.
Por: Jaime García Chadid
