El panorama no es claro —desde hace rato— y en lo personal me crea inquietantes dudas sobre la solidez de nuestra “unidad nacional”, pues el concepto de nación supone la existencia de un grupo de personas que comparten elementos en común, como la cultura (costumbres, tradiciones), idioma, historia y, sobre todo, valores o identidad. Esto último es fundamental.
Sobre idioma e historia, salvo algunas aclaraciones, creo que podemos convenir en que sí se da esa afinidad, pero de allí en adelante no la veo respecto de la cultura y tradiciones; y si añadimos los “valores”, hágame el favor, no percibo qué tanto en común puedan tener sectores tan distintos ejerciendo todo tipo de violencias y pretendiendo que su verdad o sus intereses son los únicos que valen, justificando así su proceder para aplastar y eliminar física o moralmente a quien no sea su par.
Y ello porque ningún resultado que se origine en victorias precarias o dudosas será estable; solo la fortaleza de una decisión colectiva realmente mayoritaria garantizará el respeto y la durabilidad de lo decidido. Me parece que eso de la mitad más uno hay que replantearlo y derivar a la exigencia de mayorías más calificadas, pues alejará el punto de crisis e incidirá en moderar el denuedo de los contradictores, haciendo a los actores más flexibles y conciliadores, toda vez que para hacer valer su criterio, necesitarán de más capacidad de acuerdo y conciliación. Es una cama para mucha gente.





