Yo soy mi propia luz, aunque solo sea oscuridad. Somos dos. Somos bien, somos mal; todos somos dualidad. ¿Quién gobierna? Ninguno de los dos. Ambos necesitamos el equilibrio para sobrevivir, así que, si uno avanza más rápido, solo debe detenerse para esperar al otro, y viceversa.
Si me veo en el espejo, solo veo el alma del otro. ¿O el reflejo es el que me ve? ¿Quién ve a quién? ¿La luz que quiere disipar a la oscuridad o esta que quiere absorberla? Cada uno es sombra del otro. Se me ocurre preguntar. Entonces, después de que lo haga, sabré quién pregunta y después quién responde.
Nadie ya discute que somos ángeles y demonios a la vez, aunque al final ambos son uno solo. Se desprecia al demonio, siendo este el ángel más bello, el preferido, el hijo pródigo y eterno por siempre y nos acercamos más a él que al otro. ¿Cuántas mentiras y engaños al día? ¿Cuántas infidelidades al mes o al año, para ser más laxos? En fin, mejor guardo silencio y continúo, y como acostumbro a decir, queridos lectores: quien esté libre de pecado que lance la primera piedra.
Somos el universo en singular y en plural. Somos fragmentos del estiércol de cada estrella que cuelga o viaja en él. Quizás muchos hemos aprendido a controlar la dualidad; conversamos entre sí sin cuestionarnos, cada quien hace su parte y cada quien vive a su manera. El uno ordena y el otro obedece y mañana el que obedece ordena y, entonces, todo vuelve a comenzar. Porque cada uno tiene sus gustos y preferencias: a uno le gusta el día, al otro la noche. Uno sacia el cuerpo, el otro alimenta el alma. Uno ama la fantasía, el otro la realidad. Pero ambos son predecibles; al final, solo somos hombres creados a imagen y semejanza de un Eterno que con un soplo nos dio la vida y a la vez la muerte. ¡Qué ironía! ¿Cierto?
Dice el escritor Salman Rushdie que todos estamos incompletos o inacabados, y quiero que se me permita discrepar de tal afirmación. No estoy de acuerdo, pues dentro de nosotros permanece el llamado “yin y yang”, el equilibrio constante; ninguno existe sin el otro, ambos se necesitan para formar la unidad que somos, lo uno complementa al otro y viceversa y así estaremos hasta el final de nuestros días, hasta que la muerte venga a poner la conclusión a ellos.
Somos sombras andantes que se pasean desafiando la luz, sabiendo en el fondo que no existiríamos sin ella; hacemos caminos que deseamos desandar, retornar sobre los pasos que a veces ya no vemos porque las huellas se han borrado e ido con el paso del tiempo, con el viento o con el mar.
Me leo a mí mismo y solo encuentro una serie de garabatos, signos y señales que no puedo ni siquiera balbucear, tal vez ando dormido o soñando que estoy vivo, anhelando realidades sin quererme ilusionar. Cuántas veces me he leído sin que pueda comprenderme, sin que pueda descifrar lo que deseo de verdad, desconfiando de los vivos sin saber que están vivos o anhelando algunas veces el retorno de unos muertos que no se quieren olvidar. Abuelos, padres, hijos, esposas y maridos, cada uno de nosotros tiene un muerto que quiere que regrese, aunque sea por un instante, a este mundo sin sentido.
Queremos algunas veces ser elocuentes y callar a la mudez que nos ahoga y también a veces preferimos que nos hable el silencio, le concedemos la palabra de forma inconsciente o quizás consciente hasta que nos haga callar. A veces queremos ser todo y a veces no queremos ser nada y nos fundimos en simples pensamientos intrascendentes para muchos y trascendentes para pocos.
Sin embargo, mis queridos lectores, reconozco en mi lectura íntima que tal vez prima lo bueno, aunque en él a su vez esté inmersa la fealdad, el dolor y el temor, lo cual me eleva al nivel sublime del ser humano, es decir, su naturaleza. Ahora, los invito a ustedes a leerse sin vergüenza o tal vez con ella y al final descubran: ¿quiénes son?
Por Jairo Mejía
