Durante años, la conversación sobre competitividad en la región estuvo atrapada en el diagnóstico del rezago. Se insistía en lo que faltaba, en lo que no se había logrado, en las brechas históricas que parecían inamovibles. Hoy, esa narrativa empieza a transformarse. No porque los desafíos estructurales hayan desaparecido, sino porque algunos territorios han decidido asumir el debate desde otro lugar: el del liderazgo consciente, informado y colaborativo. En ese nuevo escenario regional, el Cesar enfrenta un reto decisivo: dejar de ser visto solo como un territorio con potencial y convertirse en un actor que lidere la nueva competitividad del Caribe.
El contexto nacional ofrece señales que no pueden pasarse por alto. Según cifras oficiales del DANE, Colombia cerró 2025 con una tasa de desempleo cercana al 9 %, la más baja en más de dos décadas, y con más de 23 millones de personas ocupadas. Detrás de esos números hay transformaciones concretas: más hogares con ingresos estables, más jóvenes accediendo al mercado laboral y empresas que logran sostener su actividad en un entorno económico exigente. En el Caribe, el Banco de la República ha señalado una recuperación gradual de sectores como el comercio, los servicios y la agroindustria, fundamentales para el tejido productivo regional y la generación de empleo.
Sin embargo, esta coyuntura también impone una responsabilidad mayor a los territorios. La competitividad ya no se define únicamente por crecer, sino por la capacidad de gestionar ese crecimiento, traducirlo en bienestar y sostenerlo en el tiempo. Los departamentos que no comprendan esta transición corren el riesgo de quedar atrapados en ciclos de desarrollo frágiles, dependientes y poco inclusivos. Hoy, el liderazgo regional exige algo más que buenas intenciones: requiere capacidad técnica, coordinación institucional y una narrativa pública que convoque y dé sentido a las decisiones.
En ese camino, Barranquilla y el Atlántico se han consolidado como un referente para el Caribe. Su experiencia demuestra que la articulación entre sector público, privado y academia no es retórica, sino una herramienta concreta para mejorar resultados. Desde este territorio, las universidades hemos entendido que aprender de esa experiencia no significa copiar modelos, sino transferir metodologías que han demostrado efectividad y adaptarlas a nuestra realidad social, productiva y cultural. Liderar también implica saber aprender a tiempo y con criterio propio.
Hoy se está dando un paso político e institucional relevante: profesionalizar la manera como se concibe y se gestiona la competitividad. Existe una voluntad expresa de trabajo conjunto entre la Gobernación del departamento y la Alcaldía de Valledupar para fortalecer el desempeño competitivo del territorio. Esa coordinación no es un detalle menor. Es la base para que las estrategias trasciendan los periodos de gobierno y se conviertan en políticas sostenidas, con impacto real en empleo, productividad y calidad de vida.
Uno de los principales desafíos ha sido comprender cómo se mide la competitividad. Las mediciones del Consejo Privado de Competitividad son procesos técnicos que durante años han sido poco apropiados por muchos actores locales. Sin entender esos indicadores, es imposible mejorar de manera intencional. Por ello, avanzar en procesos de transferencia metodológica dirigidos especialmente a docentes universitarios resulta clave. Fortalecer estas capacidades locales no es un asunto académico: es una decisión estratégica que eleva el nivel del debate público y mejora la calidad de las decisiones territoriales.
Aquí la academia cumple un rol insustituible: traducir datos en acciones, formar liderazgos con visión territorial y conectar el conocimiento con la política pública. Cuando la universidad se involucra de manera activa, la competitividad deja de depender del gobierno de turno y se convierte en una capacidad instalada del territorio. Esa es una de las apuestas más importantes que hoy se están consolidando.
El liderazgo que comienza a ejercerse no es estridente ni improvisado. Es un liderazgo sereno, basado en cooperación, conocimiento y responsabilidad institucional. No se trata de negar las brechas, sino de reconocer los avances y el trabajo conjunto que ya existe. El llamado es a empresarios, medios, líderes sociales y ciudadanía a fortalecer una narrativa que valore lo que se construye y exija continuidad. Liderar la competitividad del Caribe no es un discurso ambicioso: es una decisión colectiva que este territorio está en capacidad de asumir y sostener en el tiempo.
Por: Gelca Gutiérrez / Rectora de la Fundación Universitaria del Área Andina, sede Valledupar
