Definitivamente, por estos días me ha quedado claro que la vida no se queda con nada. Cuando uno ha actuado bien, a conciencia, la vida responde en consecuencia. Por ejemplo, a esas personas “buenas”, a esos seres humanos extraordinarios, la vida los arropa, los protege, les provee ángeles de la guarda que permanentemente los cuidan. Ser una buena persona puede manifestarse de varias maneras; sin embargo, centraría ese balance en cumplir un requisito: ser bueno con los demás.
Cuando uno genera valor en el otro, cuando acompaña, aconseja, inclusive consuela, cuando se ayuda constantemente al que lo necesita, se actúa bien, se es bueno. Y ahí, Dios se encarga de hacer presencia en la vida de “los buenos” y se manifiesta de diferentes y variadas maneras: en médicos, enfermeras, sacerdotes, familiares, amigos, vecinos, etc.
Sabemos que todos vamos a llegar al momento de los balances: creo firmemente en que la vida tiene un principio y luego, en vez de un final, lo que se presenta es un proceso de transformación. Una nueva dimensión en la que hay tranquilidad y paz totales —esa paz sí es total—. Desde esa dimensión, se sigue muy de cerca la vida de los que queremos, se disfrutan sus logros y se interviene para facilitar el momento de enfrentar adversidades; pero todo se sabe, todo se ve. Desde ese “lugar” maravilloso, por cierto, se acompaña a los familiares y amigos en su día a día y se intercede, constantemente, ante quien concentra ese poder absoluto y derrocha bienestar a manos llenas: Dios.
Cada persona y cada familia escriben su propia historia desde la convivencia, desde el compartir. Las creencias, las pautas de crianza, las conversaciones profundas a la hora de la comida, van construyendo una identidad que, cuando uno se casa, se enriquece con la del cónyuge. Aquí no hay verdades absolutas, somos diferentes y eso está comprobado; no debe aplicarse en ese núcleo familiar naciente solo lo que uno de los padres tiene para aportar.
Se desarrolla una dinámica de construcción, desde la pareja, de una fórmula propia, única e irrepetible, que trazará los lineamientos dentro de los cuales se desarrollará una nueva familia. Hay “tires y aflojes”, aprendizajes a partir del error, reflexiones profundas y, todo ello, generará el hábitat en el que convivirán los miembros de esa familia.
Las interacciones, los conflictos, las situaciones que enfrenten, juntos, los unirán y les permitirán hacerse fuertes, salir airosos como nos llama a hacerlo el concepto de resiliencia. Si el balance es bueno, seremos buenos, y la vida nos tratará con bondad; de lo contrario, las consecuencias serán adversas, poco amables muy seguramente.
Seamos buenas personas, ayudemos al otro a escribir su mejor versión y así ese otro nos ayudará a escribir la mejor nuestra. Esa es la combinación perfecta. Actuemos bien, como lo haría el “buen padre de familia” del que se habla constantemente en nuestro Código Civil. Las personas buenas construyen sociedades buenas, las personas buenas generan bondad a través de sus hijos, las personas buenas, después, son aquellas que Dios quiere tener más cerca de Él. ¡Se lo merecen!
Mientras tanto, pareciera que el único requisito que se necesita para hacer parte de este gobierno es tener activos cuestionamientos por corrupción y/o por maltrato intrafamiliar. Petro debe sentarse a decir: “si es corrupto, lo contrato,” o “es maltratador, misógino, lo contrato.” ¡Qué locura! Ricardo Roa en Ecopetrol, Jorge Iván Ospina en la Nueva EPS y ahora Daniel Quintero como superintendente de Salud, el funcionario que debe velar por la honestidad y la transparencia en la prestación de servicios de salud. “El diablo, haciendo hostias.” Y en cuanto a los maltratadores, son muchos los nombres que en el Pacto Histórico le hacen honor a ese comportamiento. Borrachos, viciosos, violentos con sus parejas e hijos, ahora ocupan altos cargos de decisión, como si fueran el mejor ejemplo. Qué tristeza la que genera el presente de este país, qué bajo hemos caído, ¿qué les espera a las nuevas generaciones si esto no cambia?
Por: Jorge Eduardo Ávila
