Es normal sentirse solo al lado de alguien que nos ha acompañado toda una vida; es normal sentirse culpable por las decisiones que toman nuestros hijos; es normal querer cambiar de vida y ser alguien que nunca has sido, teniendo más dudas que certezas de lo que deseas ser; es normal preguntarte quién eres después de 50 cumpleaños; pero no es normal callar, fingir y negar todo lo que estás atravesando.
Si compras un pasaje para viajar en tren, pero a mitad de camino te deseas bajar, los demás pasajeros te observarán de forma extraña, pensando tal vez que eres indeciso, temeroso o, hasta de pronto, que tienes alguna discapacidad mental; si te subiste en compañía de alguien u otra persona te espera en el lugar de destino, de seguro te cuestionarán y juzgarán, aludiendo que tenían planes contigo, y a partir de allí serás considerado irresponsable o traidor. Algunos siguen en el tren, pero se llenan de tantas preocupaciones y estrés —de pronto por no querer hablar con la persona que los espera al finalizar dicho recorrido— que, en lugar de enfrentar una realidad, se terminan tirando por la ventana. Esa es la vida, un viaje en el que debemos aprender a disfrutar del paisaje, tomar decisiones a tiempo, perderle el miedo al qué dirán, aprender de nuestros errores y, si es necesario, volver a empezar con un nuevo destino.
Al nacer, nuestros padres han comprado ya un boleto por nosotros, el cual indica si vamos en zona VIP, en clase baja o como polizón. Dicho boleto también incluye unas condiciones de vida, un ambiente y unas creencias que surgen precisamente gracias al lugar que ocupas en el tren y a quienes te lo compraron. Existen pasajeros curiosos que exploran el tren y desean cambiar de lugar; otros sienten temor de salir de su puesto, y los más creativos deciden bajarse del tren e investigar si existen otros medios de transporte.





