Leí en un portal de noticias económicas el anuncio del presidente Petro, quien mediante circular dio directrices para la continuidad de la reducción de la jornada laboral que pasa de 44 horas semanales a 42 a partir del mes de julio del año en curso. Por supuesto, este anuncio, más allá del impacto que tiene en los costos de las empresas, generó un enfrentamiento entre los dos bandos de siempre que reclaman como propia (Uribe/Petro) la autoría del proyecto de ley que contempla la implementación de la reforma laboral en Colombia. Como era de esperarse, los comentarios denotan que muy pocos de los que se pronunciaron respecto a la noticia tienen empresa o tienen la menor idea de lo que se nos viene encima con esta medida.
Pero solo quise usar el ejemplo como introducción sobre el tema que nos trae hoy hasta aquí, y tiene que ver con el precio que asume un empresario por querer ser formal. En Colombia, las empresas antes de nacer deben cargar con un oneroso sistema de tributación y de burocracia que las hacen inviable financieramente; y luego de que logran sortear los primeros meses y arranca su operación, se enfrentan a una red de tributos, obligaciones y gastos que terminan comiéndose la rentabilidad del negocio, por lo que de ahí en adelante lo que viene es una estrategia de malabarismo y de aguante de los empresarios para mantenerse a flote. La mayoría no lo logra y ven cómo su inversión, y muchas veces los ahorros de toda su vida, se van por la cañería. Pero la formalización no solo desangra a las empresas, sino que las hace blanco fácil del exceso de control de las entidades encargadas de fiscalizar, auditar, recaudar y exigir el cumplimiento de las leyes; algunas indiscutiblemente necesarias y otras desesperadamente ridículas, pero la ley es la ley.
El DANE, en su última medición del trimestre diciembre de 2025 a febrero de 2026, arrojó una tasa de informalidad del 55,3 % en el territorio nacional, y en la zona rural alcanza el 88,3 %. Esta cifra, en términos socioeconómicos, es una verdadera tragedia. Ahora bien, cuando se habla de informalidad lo primero que se nos viene a la mente es la venta de la señora de las arepas del parque, el del carrito de Bonice o Vive 100, las carretillas de verduras o la pequeña colmena en las afueras de las plazas de mercado; pues déjenme decirles que hay un sector informal que factura miles de millones de pesos que no expide factura electrónica, no usa el sector financiero, no paga impuestos de ningún tipo ni tasas, no cumple con la reforma laboral, no tiene a sus empleados afiliados a la seguridad social y, por supuesto, ni siquiera sabemos quiénes son los dueños, y esto gracias a que no existen formalmente para el Estado.
Es por ello que la empresa tradicional, la que lucha y sortea dificultades durante todo el año para pagar sus obligaciones y buscar una utilidad y, por supuesto, dividendos para sus accionistas, está en extinción. Precisamente porque no tiene sentido tener enormes capitales invertidos, soportando impuestos regresivos y otros confiscatorios para, al final del ejercicio, no generar las utilidades esperadas, lo que causa una gran frustración. En cambio, nacen nuevas empresas que tienen asegurado su flujo de caja constante debido a que están conectados directamente al erario (concesiones, convenios con el Estado, parafiscales o recaudadores de tributos); es decir, a los impuestos. Son estos negocios la nueva joya de la corona, pero con un agravante: la mayoría tiene un lado gris, y es que ese chorro de dinero no genera riqueza real, sino que va a alimentar lujos, suntuosidades y fuga de capitales hacia otras latitudes. Si no, miren a su alrededor.
No es casualidad que cada vez el apetito por ocupar un cargo de elección se haya quintuplicado en los últimos años. Todo el mundo quiere llegar al poder del Estado porque al final sabe que, en el mejor de los casos, puede acceder a negocios lucrativos sin mayor esfuerzo, porque no hay mayor felicidad que convertir los impuestos en fuentes de negocios. Mientras tanto, que el empresario mire cómo se las arregla.
Por: Eloy Gutiérrez Anaya
