Publico este pequeño trozo -de adelanto- de mi novela inédita ‘La Vieja Sara’, parrandas en El Plan, como aporte al homenaje que le brinda la Fundación del Festival Vallenato a Israel Romero, al Binomio de Oro y a Rafael Orozco:
“Una tarde en Chimichagua José Andrés le dijo a su mamá Raimunda que unos amigos lo habían invitado a un pueblo de nombre Robles (La Paz), cerca de Valledupar, donde había mucho trabajo.
Trató de convencer a su joven hijo que mejor viajara a Bucaramanga a vender naranjas y pescado. Pero, José Andrés no le hizo caso a su mamá. Preparó la vieja maleta que le había dejado su padre Andrés Emiliano Salas y en una alforja echó la dulzaina.
Su mamá lo acompañó hasta la salida del pueblo. Varias mulas, caballos y burros esperaban a los viajeros. Tenían que recorrer muchos kilómetros en carruajes y a lomo de bestias. Eran doce horas de camino.
La Paz era un pueblo pequeño, de pocos habitantes. Era una zona rica en fauna y flora, con manantiales de agua que irrigaban el lugar. Había muchos potreros. Los ganaderos de la región arriaban sus reses a pastorear en esos lugares.
José Andrés llegó a La Paz y decidió quedarse allí. Una señora de nombre Julia lo contrató para arrear reses a la sabana, cerca de Manaure y La Jagua del Pilar. A los años, el muchacho se convirtió en uno de los mejores arrieros y los ganaderos lo buscaban.
Un domingo de descanso, decidió tomarse unas cervezas en una tienda del pueblo, en donde era bien conocido y respetado. Les contaba a sus amigos que le gustaba la música y por eso siempre lo veían tocando la dulzaina y a veces improvisando versos.
También les hablaba de su mamá Raimunda con quien tenía comunicación a través de cartas. Ella seguía soltera en el pueblo.
José Andrés había acordado con su mamá que en unos meses se iba con él para La Paz, iba a comprar una casa. Sin embargo, la progenitora falleció en Chimichagua y la sepultó en la misma población.
Decidió comprar la casa y transportó lo que dejó su mamá a la nueva vivienda. La vida del joven transcurría en la tranquilidad del pueblo, su trabajo y su dulzaina. Por momentos recordaba a Sara, su novia del pueblo. “Un día de estos la voy a buscar”, dijo.
Un domingo, mientras caía una pertinaz lluvia sobre el pueblo, José Andrés corrió a guarnecerse en la estación. Allí concurrían quienes iban a viajar y los que llegaban a La Paz. El lugar se había convertido en un tertuliadero obligado, de reunión para conversar, cumplir citas y tomarse un tinto o un trago de un buen chirrinche.
Eran las cuatro de la tarde, frente de la puerta principal de la estación se estacionó el carro de pasajeros de “Chicho Bigote”. Se bajó una mujer joven, corrió y se metió a la tienda para no mojarse.
Todos la miraron. La mujer tenía cabellos largos y fina cara, vestía una falda pegada al cuerpo, color azul claro; blusa escueta que le realzaba la tonalidad de la falda.
“Buenas tardes, permiso”, dijo, y caminó hasta el fondo. Sacó una toalla pequeña del maletín que cargaba en el hombro derecho, se secó un poco el cabello y la cara. Musitó varias palabras en voz muy baja, pero nadie le entendió.
Todos quedaron extasiados con la bella mujer, también intrigados por no saber quién era. Estaban asombrados, por su belleza natural. “Es jovencita y de modales finos”, dijo en voz baja uno de los contertulios.
Por la lluvia, seguramente este domingo iba a ser muy sobrio, muy diferente al anterior en el que se celebraron las fiestas patronales del pueblo, de San Francisco de Asís.
La joven volvió a llamar la atención. “¿Dónde consigo un familiar de los Gutiérrez López?, vengo de Riohacha, traigo una encomienda para esa familia”, agregó.
Le dijeron cuál era la casa. José Andrés, se ofreció acompañarla. Ella accedió sin ninguna malicia. Todos quedaron sorprendidos porque la extraña mujer no opuso resistencia. Los siguieron con la vista, iban caminando como viejos amigos. “Ese muchacho es de buenas carajo, va acompañando a una mujer hermosa”, dijo uno de los presentes.
La pareja caminaba hacia la plaza y en el trayecto ella le dijo que su nombre era Juana Paula Perea, nacida en Riohacha, pero originaria de Italia (Cotes, 2016). Juana Paula Perea es la tatarabuela materna de ‘Poncho’ y Emiliano Zuleta Díaz”. Hasta la próxima semana. tiochiro@hotmail.com
Por Aquilino Cotes Zuleta
