COLUMNA

Los que no están también cantan

No todos estamos en el Festival, pero el Festival sí habita en todos, aunque de maneras distintas

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¿A quién se le canta aquí?, ¿a quién se le das las gracias?
¿A los que vienen de afuera o a los dueños de la casa?
¿O a los que, este año nos toca pasar estas fechas por fuera?

Cada vez que el Festival comienza, la ciudad se llena, se desborda de alegría. Se despliega, se multiplica y aunque ocurra en un solo espacio geográfico, su ímpetu se goza en cada rincón del país.

Porque mientras unos llegan a vivir la fiesta, otros apenas lo notan y otros (los que están lejos) apretujan su alma vallenata, entendiendo que no todos estamos en el Festival, pero el Festivalhabita en todos, aunque de maneras distintas.

Nunca será lo mismo habitarlo que evocarlo. No es lo mismo bailarlo que caminarlo. Más allá de una distancia física, hay una distancia emocional que también se mide en cómo suena la música.

El acordeón no se escucha igual cuando se tiene en frente que cuando se recuerda. No golpea igual la caja en el pecho, ni la guacharaca marca el mismo ritmo cuando el cuerpo no está ahí para seguirla. La música, que en la plaza es armoniosa y colectiva, en la distancia se vuelve íntima.

Y es ahí donde todo cambia.

Cambia la forma de sentir, de cantar, de entender que lo que en Valledupar es fiesta, acá (lejos de donde todo ocurre) es resistencia. Lo que allá se marca con los pasos del desfile de piloneras, acá se sostiene en la memoria, como aquella canción que se niega, tercamente, a desaparecer.

Tal vez por eso la pregunta inicial sigue sin respuesta. Reflejando que el Festival Vallenato no es de quien llega, ni de quien se queda. Es de quien no deja de sentirlo. Incluso en la distancia, cuando el cuerpo no alcanza a llegar, el alma sigue su anhelo natural.
Y a eso que nunca se va de uno, aunque uno se vaya, es a lo que siempre perteneceremos.

Por: Ana María Santos Murgas.

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