Hay noticias que golpean distinto, noticias que no solo entristecen: estremecen.
El reciente fallecimiento de una niña de apenas 11 años en Valledupar, presuntamente por causas emocionales, no debería dejarnos indiferentes. Porque más allá de las investigaciones, de los detalles y de todo lo que aún pueda esclarecerse, hay una pregunta que, como sociedad, necesitamos hacernos con urgencia: ¿estamos escuchando emocionalmente a nuestros niños?
Vivimos en una cultura en la que, muchas veces, seguimos creyendo que la infancia es sinónimo de felicidad. Pensamos que, por ser pequeños, “no entienden”, “no sienten tanto” o “se les pasa rápido”, pero no.
Los niños sienten profundamente, se angustian, se frustran, se sobrecargan, se entristecen y, muchas veces, lo hacen en silencio.
El problema es que el dolor emocional en la infancia no siempre se parece al de un adulto. A veces no llega en forma de palabras claras, llega como aislamiento, irritabilidad, cambios de comportamiento, bajo ánimo, dificultad para dormir, miedo constante o incluso silencio excesivo, y muchas veces, sin querer, minimizamos esas señales.
Decimos: “Eso es una pataleta”, “Está muy sensible”, “Eso se le pasa”. Sin darnos cuenta de que hay niños intentando cargar con emociones demasiado grandes para su edad.
Durante mucho tiempo hablamos de salud mental pensando únicamente en los adultos. Pero hoy necesitamos entender algo importante: los niños también pueden sentirse emocionalmente desbordados. También pueden experimentar ansiedad, miedo, presión y tristeza profunda, y aunque su manera de expresarlo sea distinta, el sufrimiento emocional sigue siendo real.
A veces exigimos demasiado, demasiado rendimiento, demasiada madurez, demasiado silencio emocional.
Queremos niños fuertes, tranquilos, obedientes y funcionales. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarles cómo se sienten realmente.
Y no, escuchar no es solo preguntar: “¿Cómo te fue hoy?”. Escuchar emocionalmente implica observar, validar, estar presentes y crear espacios en los que un niño no tenga miedo de expresar tristeza, ansiedad o frustración. Porque muchos niños aprenden desde temprano a callar lo que sienten para no preocupar a los adultos.
Hay algo que, como adultos, solemos olvidar: para un niño, sus problemas sí son grandes. Una discusión en casa, el rechazo en el colegio, el ‘bullying’, la presión académica, la sensación de no ser suficiente, la soledad, todo eso impacta.
Y aunque desde nuestra mirada adulta algunas situaciones parezcan “mínimas”, emocionalmente pueden sentirse enormes para ellos.
Cuando un niño escucha constantemente: “Eso no es nada”, “No exageres”, “Tienes que ser fuerte”, aprende algo peligroso: que sus emociones incomodan, y entonces empieza a guardarlas.
Uno de los mayores desafíos de la salud mental infantil es que muchos niños no tienen las herramientas emocionales para explicar lo que les pasa. No saben nombrar la ansiedad, no saben identificar la tristeza profunda, no saben decir: “Me siento emocionalmente desbordado”. Ellos solo sienten y, muchas veces, esperan que un adulto logre ver lo que no saben cómo expresar.
Por eso necesitamos adultos emocionalmente disponibles que no solo corrijan conductas, sino que también acompañen las emociones. Porque criar emocionalmente no es únicamente alimentar, vestir y educar; también es enseñar que sentir está permitido.
Hoy más que nunca, necesitamos hablar de salud mental infantil sin miedo ni prejuicios; necesitamos dejar de pensar que hablar de emociones “vuelve débiles” a los niños. Al contrario: aprender a expresar lo que sienten puede convertirse en una herramienta de protección emocional para toda la vida.
Los niños necesitan sentirse escuchados, saber que pueden hablar sin ser juzgados, contar con adultos que tomen en serio su mundo emocional y, también, algo muy importante: saber que no tienen que cargar solos con lo que les duele.
Quizás esta noticia no solo deba producirnos tristeza, sino también hacernos reflexionar sobre cómo estamos acompañando emocionalmente a nuestros niños, sobre cuánto estamos observando y sobre cuánto estamos validando lo que sienten.
Porque a veces un niño sonríe y aun así está sufriendo, a veces guarda silencio porque no encuentra cómo explicar lo que le pasa y a veces, detrás de comportamientos que parecen simples cambios de ánimo, hay emociones que piden ayuda.
La salud mental no empieza en la adultez; empieza desde la infancia, y quizás una de las mayores responsabilidades que tenemos como sociedad es asegurarnos de que ningún niño tenga que sentirse solo con su dolor.
Por: Daniela Rivera Orcasita
