Esta semana, varios de los protagonistas de la gran consulta —Juan Manuel Galán, David Luna, Juan Daniel Oviedo, Enrique Peñalosa, Aníbal Gaviria y Mauricio Cárdenas— salieron en fila india a anunciar que, en una eventual segunda vuelta, no respaldarían a Abelardo de La Espriella. La declaración, lejos de ser una simple toma de posición electoral, es una radiografía cruda del momento político que vive el país. Un club de viudos del poder aferrados al poder dispuestos a hacer pactos hasta con el Diablo, con tal de no perder sus privilegios.
El primer mensaje es evidente: este sector del establecimiento no está dispuesto a acompañar ninguna alternativa que cuestione de fondo el andamiaje político y burocrático que ellos mismos ayudaron a construir y administrar durante años. El segundo es aún más revelador: saben que no tienen cómo disputar el paso a segunda vuelta frente a candidaturas que sí lograron conectar con el pueblo. Y el tercero, quizá el más preocupante, es la persistencia de una visión patrimonialista de la política, como si los votos obtenidos en una consulta fueran endosables, ignorando que los ciudadanos votan por convicción, no por obediencia.
Pero lo realmente escandaloso no es la jugada, sino que haya vuelto a funcionar otra vez sin pudor y sin resistencia. Otra vez se abrió la puerta al caballo de Troya. Otra vez se confundió infiltración con alianza. Otra vez se creyó que el adversario jugaba limpio cuando su único objetivo es sabotear desde adentro.





