Los sentimientos tienen una intensidad mucho menor que la emoción que los produce, pero son más duraderos que ésta, lo cual nos permite usar de la razón para que nuestras decisiones sean libres y sensatas reflejando siempre la verdad de la realidad. (F. Cotes: Historia y filosofía de un sentimiento: el Vallenato).
Desde la filosofía popular —esa que no se escribe en tratados sino en conversaciones de esquina, en parranda lenta y en recuerdos— La Paz es mi pueblo no es solo una canción: es una forma de pensar el mundo. En el vallenato auténtico, el pensamiento no se separa de la emoción ni de la experiencia vivida. Aquí la verdad no se demuestra, se canta. Y lo que Emiro Zuleta Calderón hace es fijar en versos una ontología sencilla, pero profunda: el ser es identidad.
La Paz no aparece como un punto en el mapa, sino como un lugar existencial. El pueblo es memoria compartida, es infancia, es río, es calle polvorienta y pedregal orgulloso. La filosofía popular vallenata entiende que la identidad no se construye desde el individuo aislado, sino desde el nosotros: la familia, los amigos, los vecinos, los personajes que dejan huella. Por eso, al oír la canción, la memoria —consciente e inconsciente— se activa como una corriente de aire fresco que devuelve al oyente a los primeros años de vida, cuando el mundo todavía tenía el tamaño de unas cuantas calles y un río como frontera y promesa.
El Río Mocho no es solo agua: es tiempo que pasa y que, sin embargo, permanece. Ahí la filosofía del vallenato coincide con los filósofos de la antigua Grecia sin saberlo: “todo fluye, pero algo queda.” Quedan los nombres —el “Tite” Socarrás, “Tatica” Daza, Escalona— que en la memoria funcionan como pilares del recuerdo cuando con mi familia vivía en La Paz (Robles) y estos eran asiduos visitantes a nuestra casa.
Los dos primeros contrabandistas de la época amigos leales, que nos surtían de regalos múltiples y el último nos emocionaba con unas canciones que, interpretadas con voz y guitarra del viejo Poncho Cotes, mi padre, la felicidad parrandera nos invadía por doquier, y así se complementaba la lucha cotidiana con la alegría y el afecto que añadían a la vida la certeza de las grandes amistades que nacían con la música Vallenata.
No son mitos lejanos; son figuras concretas, casi familiares, que encarnan valores: la generosidad, la picardía, la amistad, la alegría compartida. Incluso el contrabando, lejos de moralismos, aparece como parte del paisaje social de una época, narrado sin juicio, como quien describe una costumbre más del pueblo.
Y prevalece la música como fuerza espiritual al oír esta composición y otras más del mismo compositor Emiro Zuleta Calderón. El vallenato aquí no es espectáculo, es rito. Cuando el amigo Emiro cantaba con guitarra, no interpretaba: convocaba. Convocaba la felicidad parrandera que no excluye la ternura ni la nostalgia. La parranda, en esta filosofía, no es evasión sino afirmación de la vida. Cantar juntos es una forma de decir: “existimos, y existimos bien”. Por eso la amistad y el afecto no son adornos sentimentales, sino certezas ontológicas: la vida vale porque es compartida y así valen nuestros pueblos.
Desde esta mirada, La Paz es mi pueblo representa lo que muchos llamamos, con razón, el “Vallenato Vallenato”: una música sin artificios, donde la poesía nace de la observación directa y de la metáfora clara, “diciente”, como lo manda el saber popular. No hay pretensión de universalidad abstracta; y, paradójicamente, por eso mismo la canción se vuelve universal. Quien haya tenido un pueblo, real o imaginado, se reconoce en ella.
No es casual que, como afirma su autor, después de esta canción muchos compositores empezaran a cantarle a sus tierras. Aquí se inaugura una ética del canto: nombrar el origen es un acto de gratitud. Cantarle al pueblo es devolverle algo de lo que nos dio. En ese sentido, esta obra es una de las mejores que se le haya compuesto a un lugar y a sus “pedregales”, porque dignifica lo humilde y lo vuelve motivo de orgullo. Los versos finales lo confirman con belleza diáfana:
“Con canciones estos bellos paseos
Cuando cantaba Lorenzo Morales
Y del cielo te bajé un trofeo
Pa’ que adornen a tus pedregales”.
Al oír hoy esta canción interpretada en guitarra y en la voz de su autor me atrevo a decir con mucha propiedad que en ella está representada la verdadera música que los de aquellos tiempos por su autenticidad lírica y poética sencilla, rica en metáforas dicientes, características sin restricciones del sentir de un pueblo: hemos llamado el “Vallenato Vallenato”
Ahí está condensada toda la filosofía vallenata: la canción como ofrenda, el arte como regalo, el cielo bajando a la tierra para ennoblecer lo cotidiano. La Paz, así cantada, no es solo un recuerdo: es una manera de estar en el mundo provinciano.
Por: Fausto Cotes N.





