A veces confundimos el propósito, con la causa que lo mueve, pero una forma de averiguar, el porqué de las cosas y nuestros deseos más profundos, es reconociendo, aquello que nos mueve, el motor que nos enciende, que es el mismo que le permite al propósito cumplirse y mantenerse, sin generarnos decepción con el tiempo.
El para qué, es tan sólo un resultado, que, aunque pueda ser significativo, recordemos que la vida se trata de disfrutar el camino, no la meta. El verdadero problema surge, cuando se busca un para qué, sin tener una motivación previa, sin haber encendido el fuego que hace que la finalidad se alcance y el camino sea divertido.
Las metas, fijan logros materiales, externos, tangibles. Las razones, son los motivos, deben venir de nuestro interior, son intangibles, hacen parte de nuestros valores y aquello que nos define. Si aplicamos esto en nuestra vida, logramos alcanzar nuestros sueños, gracias a que la fuente que nos permite levantar en momentos de crisis, viene de nuestro interior, nadie nos las proporciona.
Algunas personas, tienen el deseo de crear una empresa, con el fin de poder desarrollar un talento, crear un legado, generar ingresos, hacer inversiones o materializar una idea, y, todo lo anterior, debido a que cuentan con la confianza necesaria en ellos mismos, tienen valores y principios orientados a apoyar sus familias, y adicionalmente, se encuentran llenos de optimismo y energía vital.
Cuando el motivo y la causa de nuestros sueños, proviene de nuestro interior, el qué, se visualiza, el para qué se logra, el cómo, se crea día a día y el con qué se consigue. Todo lo que nace desde adentro, perdura. Lo que nace desde afuera, suele estar condenado a la muerte.
A nivel de pareja, existen personas que deciden contraer matrimonio, con el propósito de aprovechar una oportunidad, o simplemente, tener a alguien para presumir, pero, sin fuego, sin deseo, tan sólo por miedo, ya sea a la soledad, a no tener dinero, o no escalar de posición social, más no por amor.
Lo mismo ocurre cuando se crea una empresa por miedo a la pobreza, o a no poder seguir con el legado familiar, pero sin amor al trabajo, sin el deseo de desarrollar un don, sin el fuego por mantener viva la llama de la productividad organizacional. Sin el fuego de dar amor, y sin el deseo de construir un hogar bajo principios que surjan del corazón y no del condicionamiento de la sociedad, no se logran superar las crisis, un simple desacuerdo, se convierte en un gran problema, y en lugar de ver oportunidades, para crecer juntos, se piensa en destrucción y caos. Cuando lo externo ya carece de valor, al no existir un fuego interno que lo sostenga, todo se acaba, porque en realidad, nunca inició.
Si existe un fuego ardiente, un por qué, no cualquier qué sirve, no cualquier cómo se ajusta. En cambio, cuando iniciamos con un para qué, muchas cosas aplican, todo parece confuso, y es cuando nos subimos en un tren con destino incierto, sin leña que mantengan su movimiento, que nos lleva a un destino, que en lugar de llenarnos de orgullo, nos llena de arrepentimiento.
¿Por qué soñamos con obtener algo? Obviamente porque no lo tenemos. Pero carencia atrae carencia y nubla el camino con miedo, duda e inseguridad. En lugar de querer obtener algo, intentemos desear ofrecer algo. Si algo se ofrece, es porque se tiene, y abundancia atrae prosperidad, e ilumina un camino con certeza, alegría y seguridad.
Por María Angélica Vega
Psicóloga





