Esta columna podría llamarse: ‘El precio de la esperanza’ o ‘Cómo se hipoteca la esperanza’, porque la democracia no termina cuando los votos caen dentro de una urna. Allí apenas comienza su examen más difícil: demostrar que puede transformar la vida de quienes depositaron en ella sus expectativas.
Los gobiernos cambian, los discursos se renuevan y las ideologías se enfrentan en las plazas y en las redes. Sin embargo, para millones de personas la vida continúa pareciéndose a lo mismo. Qué paradoja. Mientras unos celebran los cambios políticos, otros siguen despertando con la misma preocupación: ¿cuánto cuesta vivir y cuánto vale realmente el esfuerzo de trabajar?
Un criterio económico como la inflación suele explicarse con gráficos, porcentajes y términos técnicos, pero en realidad tiene un rostro humano cuando la madre regresa del mercado con menos alimentos de los que compraba antes; cuando es el campesino el que duda antes de sembrar porque no sabe si podrá recuperar su inversión; o cuando es el joven el que estudia, trabaja y, aun así, siente que sus sueños se alejan. También se desgasta algo más delicado: la esperanza.
