Hay días en que una nación despierta distinta. Días en los que la historia irrumpe sin pedir permiso, derrumba paredes, deshace rutinas y nos recuerda brutalmente nuestra fragilidad. El terremoto que ha golpeado una vasta región de Colombia es uno de ellos. Detrás de cada cifra hay un nombre, una familia, una casa, unos recuerdos y, muchas veces, toda una vida convertida en escombros.
A un Gobierno que apenas comenzaba le llegó, sin tregua, esta inmensa tragedia. No es la primera vez que un presidente colombiano debe afrontar el dolor colectivo provocado por la naturaleza. Belisario Betancur vivió el terremoto de Popayán y después la inolvidable tragedia de Armero, en 1985. A César Gaviria le correspondió la catástrofe del río Páez; a Andrés Pastrana, el devastador terremoto del Eje Cafetero; y a Juan Manuel Santos, la dolorosa avalancha de Mocoa.
Más recientemente, Iván Duque debió conducir al país durante la devastadora pandemia, y Gustavo Petro enfrentó graves emergencias provocadas por inundaciones y fenómenos climáticos. Distintas tragedias, distintos gobiernos y una misma responsabilidad: responder cuando Colombia más los necesita.





