COLUMNA

Los terremotos y la pobreza

El terremoto, entonces, no crea la tragedia, revela aquello que durante años permaneció oculto bajo la costumbre, la indiferencia y el oportunismo

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Enfrentar un riesgo es aprender a vivir sin mentirse, es encontrar la lucidez, es lograr ser auténtico sin desechar las incomodidades. La falsa sociedad busca a Dios con golpes de pecho desde los templos y se olvida que la caridad auténtica está en las calles polvorientas donde duerme la miseria humana.

Hay ciudades que crecen hacia arriba, y otras por necesidad son obligadas a crecer hacia abajo, hacia las tierras que nadie quiso, los bordes de los ríos, las laderas inestables, los terrenos de relleno, las antiguas ciénagas y aquellos espacios donde la naturaleza, mucho antes que el hombre, había dejado escrita su advertencia. Allí suelen levantarse los barrios pobres: no porque sus habitantes hayan elegido deliberadamente el peligro, sino porque la pobreza reduce el horizonte de las posibilidades y convierte el lugar donde se puede vivir en el lugar donde toca vivir.

Desde el punto de vista científico, muchas de estas zonas presentan condiciones geotécnicas desfavorables. Suelos blandos, rellenos artificiales, terrenos con baja capacidad portante o sectores próximos a cauces y zonas inundables pueden amplificar determinados efectos de un movimiento sísmico. La geografía y la topografía tampoco son elementos secundarios: una pendiente pronunciada, un suelo susceptible a deslizamientos o una urbanización construida sin estudios adecuados pueden transformar un fenómeno natural en una catástrofe humana.

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