Cada época produce sus propios conversos. En la política, ellos son los personajes que, después de haber avalado las decisiones que hoy condenan, se presentan ante la opinión pública con el gesto lavado de los redimidos. Hablan con una pureza impostada, como si no hubiesen sido parte de lo que ahora denuncian. Pero el tiempo, cuando se le mira con la serenidad de la razón, revela que nada hay más parecido a la falsedad que el arrepentimiento convenido.
La política, que alguna vez fue el escenario de la deliberación racional, se ha convertido en un teatro de máscaras donde los actores cambian de rostro según la temporada electoral. Ayer fueron gobierno, hoy son oposición; ayer callaron ante los abusos, hoy exigen transparencia; ayer defendieron la arbitrariedad, hoy declaman justicia. Su discurso no nace de la convicción, sino del cálculo. Son moralistas de coyuntura, profetas de la contradicción, sacerdotes del cinismo público.
Y no se trata de negarles la palabra —la democracia se nutre de voces, incluso de aquellas que contradicen su pasado—, sino de desnudar la impostura que las sostiene. Porque hay algo profundamente irritante en verlos pontificar sobre ética pública cuando su propio historial es un catálogo de silencios, de omisiones y de complicidades. La incoherencia no es una falta menor: es una fractura moral que erosiona la confianza de los ciudadanos y empobrece el sentido mismo de lo político.





