Sigue tu alma, más que tus pensamientos. Los pensamientos pueden ser tu mejor amigo, pero también tu peor enemigo. Son traicioneros: te arrastran a lo catastrófico, te pintan una realidad que no existe, te anuncian desgracias que nunca llegan. Con el tiempo, lo que vaticinaron no se cumple, pero mientras tanto ya te metieron en una nube negra, triste y deprimente. El pronóstico falla; el daño queda. Los pensamientos pueden ser tu cárcel.
El alma es otra cosa. Va ligada a tu ser, a tu corazón, al latido, al misterio insondable de caminar por la vida. Es más honda. Te conecta mejor con tu destino y con lo que Dios quiere para ti.
Además, los pensamientos no son uno. No son el yo. Son eso: pensamientos, nada más. Aparecen sin que los llames y se instalan sin pedir permiso. Cuando son catastróficos, casi nunca dicen la verdad. Por eso hay que recibirlos con beneficio de inventario.
Hace casi dos mil años Epicteto lo dijo mejor que cualquier manual de autoayuda: no nos perturban las cosas, sino las opiniones que tenemos sobre ellas. La psicología moderna llegó al mismo lugar por otro camino. Un pensamiento no es un hecho, es una hipótesis. Y uno no está obligado a creerle a cada hipótesis que le cruza por la cabeza a las tres de la mañana.
Vale la pena mirar tres trampas.
La primera: la mente vive en el futuro. El pensamiento catastrófico siempre va adelantado: lo que va a pasar, lo que me van a decir, lo que voy a perder. Ensaya tragedias. El alma, en cambio, vive en el presente, que es el único lugar donde de verdad se vive.
La segunda: la mente confunde repetición con verdad. Que un pensamiento se repita no lo vuelve cierto, solo lo vuelve insistente. Y la insistencia, cuando uno está cansado, se disfraza de evidencia.
La tercera: la época le echa leña al fuego. Byung-Chul Han habla de «la sociedad del cansancio». Ya nadie nos explota desde afuera: nos autoexplotamos, nos exigimos rendir todo el tiempo, y el resultado es gente agotada, ansiosa, deprimida. Súmele el celular, con la notificación, la comparación y la indignación diaria de las redes. Vivimos con la mente en alarma permanente. Así no hay alma que respire.
Aquí en el Valle lo sabemos sin necesidad de libros. El buen vallenato no sale del cálculo, sale del alma. Ningún juglar compuso un clásico con la cabeza fría y haciendo cuentas; lo compuso sintiendo. Y quien se ha sentado en una piedra del Guatapurí a ver correr el agua sabe que hay un silencio que ordena más que mil razonamientos.
Seguir el alma no es dejar de pensar. Tampoco es irresponsabilidad ni pensamiento mágico. La razón sirve, y mucho: para decidir, para planear, para trabajar. El problema empieza cuando la razón se vuelve tirana y el pensamiento deja de ser herramienta para convertirse en amo. Pensar es necesario. Obedecer cada pensamiento, no.
Y una cosa más, dicha sin pena. Cuando la nube negra no se va, cuando dura semanas, cuando quita el sueño, el apetito o las ganas, hay que pedir ayuda. Hablar con alguien. Buscar a un profesional. Cuidar la mente también es un acto del alma. Pedir ayuda no es debilidad, es lucidez.
Sigue tu alma. Ella se armoniza con la conciencia y con tu designio. Los pensamientos te dicen lo que podría pasar; el alma te recuerda quién eres. Ellos hacen ruido. Ella hace camino.
Por: Enrique Herrera Araújo / @enriqueha






