“Profe, no se meta, que eso tiene dueño. Yo sé por qué se lo digo”. Así me advirtió uno de mis alumnos del posgrado de Derecho Público de la Universidad Popular del Cesar, cuando se enteró de que yo tenía aspiraciones de llegar a la rectoría de la universidad pública del departamento donde nací.
Confieso que aquella frase me quedó sonando. También me llamó la atención el desaliento de algunos familiares cuando les conté mis intenciones. Ninguno se atrevió a decirme que desistiera, pero después comprendí que temían que gastara mis escasos ahorros en una campaña cuyo resultado, al parecer, otros ya tenían resuelto.
Estuve a punto de renunciar cuando apenas llevaba unos días inscrito. Sin embargo, pudo más mi curiosidad que las advertencias. Me dije: si esta universidad tiene dueños, quiero saber quiénes son. Y la única manera de averiguarlo era metiéndome en la contienda.






