COLUMNA

El purgatorio

El autor recuerda a su madre y el concepto del purgatorio que le inculcó de niño: un lugar de sufrimiento temporal, obligatorio y lleno de esperanza, a diferencia del infierno eterno. A partir de la lectura de La divina comedia de Dante Alighieri, describe la montaña del purgatorio con sus tres zonas (antepurgatorio, las siete terrazas de los pecados capitales y el Paraíso terrenal), el acompañamiento de Virgilio y Beatriz, y las siete «P» que marcan la purificación del alma.

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Hace apenas un par de días dediqué unas palabras a la memoria de mi madre con ocasión de su aniversario luctuoso y cuyo recuerdo aún guardo dentro de mí, ojalá hasta el momento en que también me toque partir hacia los predios del más allá. Mencioné en lo que escribí un lugar que me fue inculcado desde muy niño, tal vez por ella misma en sus lecciones diarias sobre la existencia del bien y del mal, sobre aquel sitio al que debemos llegar todos después de morir: el purgatorio, en donde a diferencia del infierno, donde todas las penas son eternas e inmutables, aquí el sufrimiento es temporal, obligatorio, voluntario y está siempre acompañado de esperanza y ejemplos de la virtud opuesta a cada falta cometida en vida.

Quienes han leído «La divina comedia», de Dante Alighieri, han visitado dicho sitio aun estando vivos, pues nos muestra en la mente a través de su magistral descripción literaria dicho lugar como un reino que tiene forma de una montaña muy alta rodeada por el océano, dividida en tres grandes zonas: una que denomina el antepurgatorio, que es la base de la montaña, en donde esperan los excomulgados y aquellos que se arrepintieron tardíamente antes de comenzar su ascenso; la otra zona la denomina ‘Las siete terrazas’ o giros, que es el cuerpo del monte, donde las almas expían los siete pecados capitales ordenados de mayor a menor gravedad, de abajo hacia arriba, iniciando con la soberbia, seguido por la envidia, la ira, la pereza, la avaricia, la gula y culminando con la lujuria; y la última contempla el Paraíso terrenal, el famoso Jardín del Edén, ubicado en la cima de la montaña, donde concluye la purificación y en donde nuestro protagonista y autor se encuentra con su amada Beatriz.

Sin duda que leer este clásico, la creación más importante de su autor y una de las obras fundamentales de la transición del pensamiento medieval al renacentista, es una de las más sublimes experiencias que cualquier humano, sin ser lector o creyente, pueda tener en su vida terrenal. Pues, cuando estás ya sumergido en cada canto compuesto, vale la pena anotar, por tercetos entrelazados endecasílabos o terza rima que se dice que el autor inventó, te encuentras ubicado en los lugares descritos en él y de forma obligada caminas en la travesía junto a él y te dejas guiar así como lo hizo Dante por Virgilio, que representa la razón humana, quien lo acompaña hasta el Edén, ya que al ser pagano no puede entrar al cielo, momento a partir del cual toma su lugar Beatriz como guía hacia el Paraíso.

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