El tatuaje no es un capricho de la modernidad. Desde los albores de la civilización, el ser humano ha inscrito en su piel símbolos de pertenencia, curación y trascendencia. El ‘Hombre de Hielo’, hallado en los Alpes, portaba más de sesenta marcas con fines terapéuticos; las momias egipcias y la Dama de Cao en el antiguo Perú revelan que el cuerpo ha sido, desde siempre, un lienzo sagrado donde se graban miedos, jerarquías y anhelos. El tatuaje es, en esencia, memoria encarnada.
En la era contemporánea, esa memoria adopta nuevas formas. Basta observar a los ídolos del deporte y del espectáculo: cuerpos celebrados, admirados, convertidos en símbolos de éxito. Recuerdo algún campeón extraordinario levantando los brazos en un estadio enardecido mientras, bajo la camiseta, una herida reciente ardía con tinta fresca. Nadie lo notó. El tatuaje era presentado como trofeo, pero en verdad era un juramento silencioso al temor más profundo: desaparecer.
Desde entonces vivió escindido. Por un lado, el ídolo disciplinado, sonriente, aparentemente invencible; por otro, el hombre que despierta de madrugada, prisionero de la ansiedad, repasando errores y temiendo el olvido. El tatuaje se volvió el puente entre ambas identidades: “No te detengas”, parecía decirle la piel. “Si paras, ya no eres nadie”.
La fama alimenta un delirio sutil. Primero es el deseo legítimo de sobresalir; luego, la obsesión por sostener la cima. El cuerpo deja de ser hogar y se transforma en herramienta. El dolor se negocia, las lesiones se ocultan, la salud se posterga. Cada victoria exige un sacrificio mayor. He llegado a pensar desde la ética que: no toda victoria es justa si para alanzarla se renuncia a lo que se es. Marcar la piel intenta fijar una identidad que por dentro se resquebraja.
Con el tiempo, la doble vida se consolida. En público se predica fortaleza mental; en privado se cultiva el desprecio hacia uno mismo. La autoestima ya no nace del reconocimiento interior, sino del aplauso ajeno. Cuando el estadio calla, el silencio se vuelve insoportable. Entonces aparece la trampa de la autoestima inflada: narcisismo, rechazo a la crítica, decisiones imprudentes, aislamiento. Confundir valía con rendimiento es una forma sofisticada de fragilidad. Eso del libre manejo de la personalidad se volvió una utopía.
Este destino no es exclusivo del deporte. Atraviesa a artistas, empresarios y líderes. La cima es un lugar solitario: el aire escasea y la caída siempre acecha. El éxito no sana las heridas previas; las amplifica. El tatuaje, en todos ellos, simboliza el intento desesperado de fijar en la piel lo que el alma no logra sostener.
Un día, el cuerpo pasa la cuenta. Llega la lesión definitiva, el retiro, el olvido progresivo. El público sigue adelante. Queda el espejo. Queda la pregunta inevitable: ¿quién soy cuando ya no sobresalgo? No me sorprendo cuando he leído a Soren Kierkegaard y advierte con crudeza: “La desesperación es no querer ser uno mismo”.
Algunos no soportan esa respuesta. Otros, con humildad, comienzan un trabajo más profundo: no borrar la tinta con láser, sino desactivar su mandato interior. Aprenden que la autoestima no se graba a fuego ni se mide en trofeos. Entender el concepto de la angustia facilita llegar a las respuestas, por eso es importante que los que pisan la gloria estén al lado psicólogos asesores que ayuden a no caer tan fácilmente en un infierno de desdichas.
El tatuaje permanece, pero ya no gobierna. Solo recuerda. Y en esa memoria, dolorosa y humana, empieza la verdadera sanación. Para las nuevas generaciones, especialmente aquellas que brillan temprano, la enseñanza es clara: la gloria es efímera; la dignidad interior, si se cultiva en silencio, puede ser duradera.
Es la otra cara de la autoestima que ocurre cuando el cuerpo carga con lo que el alma no resuelve y es así como hasta un vulgar tatuaje se convierte en la marca invisible de la gloria olvidada.
Cada día admiro más a Pelé, C. Ronaldo, Barack Obama, Angela Merkel, Casius Clay y otros más, que con asertividad han manejado el peso de la fama, y eso cada vez más, me hace pensar en la importancia del cociente emocional antes que el índice intelectual.
Esta columna es el resultado de mis lecturas y estudios sobre inteligencia emocional e inteligencia no verbal que hoy escribo ante la novedad del tatuaje reciente de un ídolo del futbol nuestro.
Por: Fausto Cotes N.





