Para miles de familias rurales, la Federación Nacional de Cafeteros no ha sido una abstracción institucional. Ha sido un escudo protector frente a la volatilidad del mercado mundial, la concentración de compradores, la incertidumbre climática y las asimetrías que enfrentan los pequeños productores del campo.
Lo paradójico es que muchos cafeteros nacieron dentro de ese sistema y lo ven como parte natural de su vida: el precio publicado todos los días, la posibilidad de siempre vender su café, la asistencia técnica, la investigación científica, las cooperativas, la presencia regional y la defensa del origen. Cuando un beneficio se vuelve cotidiano, se corre el riesgo de olvidar que es el resultado de una construcción colectiva de casi un siglo.
Ese es el mayor peligro de la coyuntura actual, creer que el sistema cafetero puede desestabilizarse sin consecuencias sociales profundas.






