COLUMNA

Escalona y Molina

En la casa de Molina se hablaba de folclor en tertulias amenas con Gabo, Juan Gossaín y Zapata Olivella. Desde luego, que desde allí comenzaron a prestarnos atención; convencieron a las autoridades más importantes de la Nación sobre la importancia de nuestra cultura y así hoy Colombia y el mundo miran hacia Valledupar para poder mostrar nuestra cultura tradicional y convertirnos en la capital mundial del vallenato

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En varias oportunidades pasé a lomo de mula por Manaure, procedente de Tierra Grata, muchas veces empapado por el agua de la lluvia y dominado por el frío. Allí mi padre me ordenaba descender del mular y me pedía pasar temporadas en casa de mi abuela Josefina Castro Monsalvo, con el fin de que le sirviera de compañía y me enseñara a trabajar en las jornadas de recolección y venta del café producido en su finca “Las Margaritas”.

A prima noche relataba cuentos de “tío conejo” y recuentos de la vida y del pasado; contaba antecedentes de la niñez y crianza de sus hijos, en especial la de mi padre, Pepe Castro, por ser el más afectuoso con ella y con Manaure. Señalaba que allí aprendió a gatear y a decir sus primeras palabras. De niño fue muy carismático y aventurero. En temporadas de vacaciones recibía lecciones y orientaciones de lectura, gramática e historia a cargo del maestro Guillermo Araque.

En la escuela pública de Valledupar estudió con dos niños procedentes de Patillal, Hernando Molina Céspedes y Rafael Escalona Martínez, quienes, en unión con Alfonso López Michelsen, fueron los inspiradores de la creación del Festival Vallenato. El primero, con sobradas razones: casado con Consuelo Araújo Noguera, matrona del festival; desde entonces su casa, ubicada en la plaza, estuvo abierta de par en par para recibir a propios y extraños y establecer allí la primera oficina del festival.

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