La economía colombiana enfrenta una paradoja que merece examinarse. Pese a que julio comenzó con un Brent de US$71 por barril, esta semana volvió a tocar los US$100 debido a las amenazas al suministro en el Mar Rojo e Irán; un disparo del 40 % en menos de un mes. Sin embargo, mientras el precio del crudo sube, el dólar registra caídas reiterativas. Colombia debería beneficiarse ampliamente de este escenario, pero la revaluación del peso absorbe una porción considerable de los ingresos, ya que el mayor valor del petróleo no se refleja al hacer la conversión a pesos.
La revaluación del peso no produce solamente efectos negativos. Una tasa de cambio más baja reduce el valor de la deuda pública y disminuye el costo presupuestal de sus intereses y amortizaciones. También abarata la importación de maquinaria, tecnología, medicamentos, equipos médicos e insumos. Desde esta perspectiva, parte de lo que el país deja de percibir por ingresos petroleros podría recuperarse mediante un menor costo de sus obligaciones externas.
El dólar barato también contiene la inflación importada, porque las materias primas, los bienes de capital y los productos terminados adquiridos en el exterior requieren menos pesos. Si este efecto se traslada a los consumidores y ayuda a moderar la inflación, podría favorecer una posterior reducción de las tasas de interés y del costo de financiación del Gobierno. No obstante, este beneficio depende de la estabilidad macroeconómica, de la credibilidad de la política fiscal y de la percepción de riesgo de los inversionistas.
