OPINIÓN

Estudien, vagos

Colombia, en efecto, es una nación marcada por la desigualdad, la informalidad y el acceso limitado a oportunidades reales.

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“Estudien, vagos”. La frase se volvió tendencia en 2020, en plena oleada de protestas contra el gobierno del entonces presidente Iván Duque, cuando la dirigente política María Fernanda Cabal la lanzó contra los manifestantes —en especial contra quienes se identificaban como “Primera Línea”—Como era previsible, el país se partió entre quienes la celebraron como regaño necesario y quienes la vieron como desprecio de clase.

Colombia, en efecto, es una nación marcada por la desigualdad, la informalidad y el acceso limitado a oportunidades reales. Y aunque siempre aparecen muchas explicaciones, hay una que atraviesa todas: la corrupción, normalizada por décadas, que drena recursos y destruye la confianza institucional.

Pero como dice el refrán popular: “Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”; sí existe oferta pública y sí existe apoyo estatal para estudiar. En educación básica y media, por ejemplo, el DANE registró en 2023 9,5 millones de estudiantes matriculados, de los cuales más de 7,6 millones estaban en el sector oficial. Además, ese año se reportaron 53.148 sedes educativas, y el 82,1 % pertenecía al sector público. Es decir, el país con todas sus fallas, sostiene un sistema educativo masivo. Y en educación superior tampoco es cierto que estemos condenados a la nada; Colombia cuenta con 34 universidades públicas y, además de ellas, existen decenas de instituciones públicas de educación superior vinculadas a la política de gratuidad. A eso se suma el SENA, un pilar de formación técnica y tecnológica gratuita.

Lo digo con conocimiento de causa. Yo tampoco la tuve fácil; mi padre murió cuando yo tenía 13 años y, tres años después, falleció mi madre. Asumí responsabilidades que no me correspondían; con 16 años ya estaba al frente de los negocios, mientras ayudaba a pagarle la carrera de medicina a mi hermano, cuando yo lo que quería —y debía— era estudiar Comunicación Social y Periodismo. En 2007 tuve un fracaso financiero, lo perdí todo y me fui a Barranquilla a empezar de cero.

Allá monté un negocio de comidas rápidas en Soledad – Atlántico, que sostuve durante 10 años. Y, al mismo tiempo, estudié Derecho en la Universidad Libre de Barranquilla. Vivía en el barrio Los Robles, cerca al coloso de la ciudadela. Mi rutina era una prueba de resistencia: clases entre las 6 a.m. y las 8 a.m., de ahí, directo al negocio a comprar, preparar producción, adobar pollos, mezclar salsas, organizar y, por la tarde a preparar contenido académico en casa. En medio de todo, ser papá y apoyar a mi esposa con nuestra hija recién nacida; y a las 6 p.m., de vuelta a la universidad hasta las 10 de la noche. Luego, otra vez al negocio hasta la madrugada del día siguiente.

Los fines de semana, cuando otros descansaban, yo hacía turnos de 24 horas en la Unidad de Reacción Inmediata de la Fiscalía, cumpliendo prácticas jurídicas. Era agotador. Muchas veces el cuerpo no daba. Pero los sueños sí.

En medio de esa etapa, recibí uno de los mejores consejos de mi vida. El abogado Fredy Contreras Soto, que por ese entonces me representaba en algunos asuntos, me dijo: “Elvis, mijo, estudie; el conocimiento es el talonario al que nunca se le acaban los cheques”. Y tenía razón.

Yo no nací con todo resuelto, pero nací con ganas. Y las ganas, cuando se convierten en disciplina, son una fuerza que cambia destinos.

Por eso, cuando escucho “estudien, vagos”, no me quedo en el insulto. La frase puede ser injusta, sí. Puede ser arrogante, también. Pero deja una pregunta útil: si el país —mal o bien— ofrece rutas, ¿qué estamos haciendo con ellas?

Ahora cuéntame: ¿cuál es tu excusa?

Por Elvis Díaz Sosa, abogado.

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