Acabo de regresar de casi tres semanas de descanso en los Estados Unidos. Tuve la oportunidad de celebrar el 4 de julio –250 años de la Declaración de Independencia– y de ver el Mundial de fútbol en uno de los países sede. Cada día fue maravilloso.
Salir a caminar por los centros comerciales y almacenes de cadena de Tampa, en la Florida, permitía vivir con intensidad el ambiente futbolero. No había camisetas de las selecciones nacionales, todo estaba agotado. Había que ordenarlas por la web para aspirar a tener la suerte de encontrar una en ‘stock’ (existencia) y proceder a comprarla, rápidamente.
Las tiendas también estaban llenas de mercancía alegórica a la celebración del Día Nacional de los Estados Unidos. Había prendas, accesorios y adornos con muy buenos descuentos, todos destinados a estimular su compra por parte de un público eufórico por poder celebrar tan importante onomástico.
