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Entre la crítica y la resignación

Hemos sido objeto de denuncias, críticas, señalamientos e incluso persecuciones.

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A lo largo de mi trayectoria política y de mi vida pública, he sido testigo de cómo incluso la esfera familiar termina bajo el escrutinio público. Hemos sido objeto de denuncias, críticas, señalamientos e incluso persecuciones. Todo ello lo hemos asumido con altura, conscientes de que quien decide exponerse a la vida pública también se somete al juicio permanente de la sociedad.

Bajo la premisa de Aristóteles, según la cual el ser humano es, por naturaleza, un “animal político”, he procurado mantener un rol activo en los asuntos públicos. He expresado opiniones, planteado propuestas y cuestionado decisiones de gobierno con la convicción de que el debate es necesario para construir un mejor futuro.

En ese propósito de aportar a una sociedad más equitativa y justa —donde el Estado social de derecho deje de ser una consigna y se convierta en realidad—, en muchas ocasiones desatendí incluso los consejos de mis propios padres. Me resistía a aceptar la idea, atribuida a Joseph de Maistre, de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, como reflejo de su cultura, sus valores y también de su indiferencia.

Nunca calculé el costo de decir lo que pienso. Tampoco imaginé que llegaría a cuestionar si vale la pena intentar generar conciencia ciudadana: invitar a las personas a interesarse por las decisiones públicas, por el uso adecuado de los recursos y por una planificación que atienda sus necesidades más básicas.

Como sociedad, aún nos cuesta aceptar la crítica. Rechazamos el cuestionamiento, evitamos revisar nuestros errores y, con facilidad, convertimos en enemigos a quienes piensan distinto. Preferimos rodearnos de quienes nos halagan, incluso cuando estamos equivocados.

Sin crítica no hay cambio; y sin cambio, lo que se impone no es el orden, sino la resignación.

Por: Diógenes Armando Pino Sanjur

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