Los años quieren robar mi historia. Ni siquiera se atreven a empeñarla. Quizá —como diría pensando al mirarme al espejo— no es la edad la que nos quita posibilidades de defensa sino uno mismo que atrapado por el miedo nos le arrodillamos al paso del tiempo. Vemos a la vejez como un horizonte natural de la vida, pero a su vez la analizamos como una limitación social invisible que una vez cruzada esa frontera parece borrar los logros, las competencias y hasta el nombre dentro de la lista de los vivos.
Sin embargo, en la realidad contemporánea, la vejez no sólo es un horizonte natural, sino una frontera social: una línea invisible que, una vez cruzada, parece borrar los logros, las competencias y hasta el nombre propio. Después de una vida de formación rigurosa, se llega a un punto en el que el sistema laboral cierra sus puertas sin miramientos, como si la experiencia fuese un lastre y no un faro. Entonces se nos corta la esperanza porque no la hemos pagado a tiempo como se acostumbra a cortar un servicio público necesario para subsistir bajo el peso de la economía del alma porque se venció su fecha de pago oportuno.
La sociedad actual, obsesionada con la juventud eterna, ha convertido el envejecimiento en un tabú. He advertido con mucha preocupación que la vejez no es solo un hecho natural, sino un estado mental acolitado por sentimientos negativos de emociones no cultivadas, y en ese estado hemos depositado prejuicios que pesan más que los años mismos. En el cuerpo que envejece se confunde el desgaste con la inutilidad, la serenidad con lentitud, la madurez con lo obsoleto. Y así, quienes acumularon décadas de trabajo ven cómo se desdibuja la posibilidad de un nuevo comienzo, como si el derecho a rehacer la vida tuviera fecha de vencimiento.
Pero lo más doloroso no es la exclusión simbólica. Cuando alguien busca una segunda oportunidad —sea laboral, afectiva o vital— y encuentra las puertas cerradas, experimenta el peso de la soledad aun teniendo familia. El destino caprichoso, puede derrumbar años de estabilidad: una quiebra, una enfermedad, una separación inesperada, un duelo profundo.
La paradoja es evidente: se exige experiencia, pero no demasiada; madurez, pero que no tenga arrugas; resiliencia, pero no la que fue adquirida a golpes. Es como si se esperara la sabiduría sin aceptar el tiempo que toma ganarla. Y, sin embargo, la vida no se agota: se transforma. Siempre he dicho que: la edad es el sentimiento de no haberse encontrado con uno mismo, pero en un mundo que idolatra la velocidad esa verdad queda atrapada en los márgenes. No basta con sentirse joven por dentro, si afuera se impone el imaginario de la caducidad.
La vejez, es una colección de presencias: los rostros que marcaron, las victorias alcanzadas, los libros que se amaron, las pasiones que se vivieron, los dolores que enseñaron. Es, sobre todo, una segunda lucidez. Quien ha vivido sabe que el tiempo no sólo desgasta: también pule. Quien ha caído y quiere rehacerse conoce una verdad que sólo se obtiene al borde del abismo: que en toda vida digna la edad se reconstruye más de una vez, y que el ser humano no depende del espacio temporal, sino de su capacidad para seguir buscando la luz.
Quizá la negación social hacia la vejez nazca del temor colectivo a mirarse en el espejo del futuro. Pero la filosofía invita a lo contrario: a asumir la plenitud del ciclo. Marco Aurelio escribió:“Todo lo que sucede es tan común y familiar como la rosa en primavera y la cosecha en verano”. Envejecer, entonces, debería ser reconocido como la estación más reflexiva del ser.Cuando el espejo me dice que, si la sociedad ya no me quiere abrir completamente sus puertas, yo le respondo en el acto que abriré las mías como individuo capaz a nuevas búsquedas, a nuevas formas de trabajo, a nuevas relaciones, a nuevas versiones de mí mismo. Porque mientras haya conciencia, hay historia; mientras haya historia, hay destino; y mientras exista el deseo, encontrar ese destino, de reconstruirse, ninguna edad es un punto final. Sólo una y otra etapa más de sacrificios es necesario para darnos cuenta de la inmortalidad de la vida como la verdad sobre la inexistencia de la muerte.
Por: Fausto Cotes N.
