Cuando la libertad pretende convertirse en impunidad aparecen las máscaras, pasamontañas o cualquier tipo de disfraces para esconderse en la hipocresía de lo demoníaco y manejarlo a toda costa.
Conviene resaltar, sobre el anonimato, la violencia y la responsabilidad moral en una democracia para recordar a la opinión pública que, las protestas cuando se valen de estos artilugios, la propensión al desorden es ineludible, ya que los cabecillas en pro del delito tratan de esconderse no solo de sus actos, sino por sus ideologías torcidas. Quien usa máscaras es porque ya ha perdido su identidad y quien ha perdido su identidad es porque no ha podido conciliar con su angustia.
La protesta es una de las expresiones más valiosas de la libertad. Pero no se puede reclamar legitimidad cuando se utiliza para destruir los derechos de los demás. La inconformidad frente al Gobierno es legítima; la agresión, la intimidación y la destrucción no se vuelven legítimas por estar vestidas con una camiseta política.






