El ordeño empezaba a las 4 a. m., por lo que a esa hora todos debían levantarse sin excepción. Como era fin de año, todos estábamos «de vacaciones». Aún recuerdo cada madrugada porque tenía el ingrediente de la luna llena, con la que, como ya les conté, he tenido una relación especial que no entenderían.
El Retiro, a diferencia de Brasilia, no tenía energía eléctrica, por lo que los mechones artesanales y las lámparas de queroseno eran el único medio disponible para iluminarnos. A esa hora, entre el ruido característico que hacían las cantinas de la leche, los baldes, las voces de los ordeñadores en el corral, el bramido del ganado y el canto de los gallos, que se escuchaban incluso a lo lejos en las fincas cercanas, se sumaba una brisa fría que se encargaba de despertarte a esa hora de la madrugada.
El olor a café hecho en hornilla de barro y leña se podía sentir incluso desde el corral de ordeño. Era costumbre que mis hermanas fueran con un gran termo a servirle a mi papá y a los ordeñadores y, por supuesto, estaba la infaltable toma de espuma que se formaba encima del balde por la fuerza del chorro que salía desde la ubre de la vaca.





