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El cierre del Guatapurí, medida dolorosa

El río Guatapurí forma parte de nuestra identidad; es, sin exageración, nuestro mayor tesoro. Es el único afluente que a través de la historia conservó su nombre en lengua indígena, que significa “río de aguas frías” o “río frío”. No corrió la misma suerte el Badillo, que en su origen se llamó “Socui”, “río abundoso […]

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El río Guatapurí forma parte de nuestra identidad; es, sin exageración, nuestro mayor tesoro. Es el único afluente que a través de la historia conservó su nombre en lengua indígena, que significa “río de aguas frías” o “río frío”. No corrió la misma suerte el Badillo, que en su origen se llamó “Socui”, “río abundoso y fértil de pescado”, ni el río Seco, antes “Apay”, nombre que aludía a lo mismo, pues en verano solía secarse —hoy vive seco casi todo el año—. Todos ellos tributan al río Cesar, al que los indígenas llamaron “Pompotao”, “señor de todos los ríos”. Hoy, esa genealogía hídrica entera enfrenta un mismo peligro, la acción inescrupulosa del hombre, que actúa sin medir su entorno ni su porvenir.

La medida que hoy adopta la Alcaldía de Valledupar respecto al cierre temporal del río a la altura del balneario me parece acertada, y me atrevo a decir que hasta obligada, pues responde a un proceso jurídico que ordena la protección integral del Guatapurí. Pero es, a la vez, tardía y dolorosa. Conozco desde hace años a ambientalistas y líderes de esta ciudad —vienen a mi memoria Yiyo Martínez, Gustavo Cabas y tantos otros— que advirtieron incansablemente sobre las amenazas que, de manera acumulativa, ponían en riesgo al río en todas sus dimensiones. Fueron ignorados. Hoy la existencia misma de esta fuente de vida está en entredicho.

El debate que hoy rodea al balneario Hurtado no es más que la consecuencia de décadas de desidia, negligencia y abandono institucional. Durante años no existieron proyectos serios ni una política pública integral orientada a proteger, recuperar y aprovechar de manera sostenible el principal patrimonio natural de esta ciudad. Ciudades como Montería, Barranquilla, Cali o Medellín entendieron que sus ríos debían convertirse en el eje de su desarrollo urbano, ambiental, turístico y económico. Valledupar, en cambio, decidió darle la espalda al suyo. La comparación resulta hasta penosa. Una vez más, llegamos tarde a comprender esa diferencia.

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