Hay una confusión peligrosamente aceptada en buena parte de la política local: la creencia de que el liderazgo es una transacción, una forma de poder que se acredita mediante la acumulación de recursos, la ocupación de cargos o la capacidad de exhibir influencias. Bajo esta lógica empobrecida, liderar no significa orientar, sino dominar; no implica servir, sino administrar necesidades; no exige virtud, sino solvencia económica.
En el Cesar, y de manera particularmente visible en Valledupar, proliferan figuras que se autoproclaman líderes porque tienen séquitos, porque controlan presupuestos, porque parecen inmunes a la crítica o al relevo. Sin embargo, esa posición no nace del respeto ni de la admiración genuina, sino del dinero, de la burocracia y de estructuras de poder que se reproducen por costumbre, por miedo o por dependencia, más que por una adhesión consciente y razonada. Es un liderazgo aparente, sostenido por la inercia y no por la convicción; por la utilidad y no por el ejemplo.
El liderazgo verdadero no se hereda y, sobre todo, no se compra. Aquí hay algo de lo que poco se habla en Valledupar. Algo que se sabe, pero que se mantiene en silencio y es que muchos de quienes permanecen en el poder lo hacen de una manera casi extraña: no tienen un respaldo intelectual que justifique ese espacio, no hay ideas que los precedan ni pensamiento que los sostenga. Su permanencia no se explica por lo que dicen ni por lo que representan, sino por lo que compran.
Esa compra adopta múltiples formas. A veces es directa, burda, sin disfraces: dinero a cambio de apoyo. Pero otras veces —las más perversas— se disfraza de estructura institucional. Allí donde el Estado debería ofrecer oportunidades, se negocia la dignidad. Se entrega un contrato, un puesto, un espacio dentro de una entidad pública, pero a cambio se exige una parte del sueldo, de los honorarios, o algo aún más grave: el silencio y la obediencia. No conformes con arrebatar la esperanza de los votantes, también les quitan la dignidad.
Pero quiero decir algo a esos “políticos” comprar es fácil. Es inmediato. No exige coherencia ni visión. Trabajar el liderazgo, en cambio, es lento, incómodo y profundamente exigente: implica construir confianza, sostener la palabra, mirar a las personas como fines y no como instrumentos. Por eso tantos eligen el atajo. Donde no hay ideas, hay compra; donde no hay respeto, hay dependencia; donde no hay liderazgo, hay miedo y donde hay miedo nunca habrá libertad.
Pero toda injusticia posee memoria. Puede callar por necesidad, adaptarse para sobrevivir, pero jamás olvida. La conciencia humana no borra lo que fue arrebatado. El día en que el poder ya no pueda comprar voluntades, quienes fueron obligados a ceder parte de su trabajo recordarán no solo quién les quitó, sino lo que les fue negado. Entonces el voto, ese gesto íntimo donde la libertad aún respira, deja de ser un acto mecánico y se transforma en juicio.
Al final, el poder que se compra se evapora cuando el dinero se acaba. El liderazgo verdadero, en cambio, permanece incluso cuando no hay nada que ofrecer, porque no se sostiene en el bolsillo, sino en el corazón.
Por eso, al final, la tarea también es nuestra. Tenemos que ser críticos con el poder. Redefinirlo. Entender que el poder no es solo tener influencias, ni exhibir grandes vehículos, ni acumular propiedades suntuosas, ni disponer de dinero para hacer fiestas y atraer atención. El poder auténtico nace del trabajo honesto, de las virtudes cultivadas, de la reflexión profunda e íntima de quien entiende que crecer también implica servir a fines nobles. Es el poder de quien se convierte en ejemplo por su rectitud, por su coherencia, por su capacidad de pensar. Esa es la persona que debería ocupar los espacios de poder dentro de nuestra sociedad.
No figurines. No apariencias. Porque el poder tiene una enorme capacidad de influencia. Y hoy el ejemplo que se está transmitiendo a los jóvenes es profundamente equivocado y pobre: se les enseña que el éxito se compra, que la autoridad se impone y que la dignidad es negociable. Ese mensaje solo conduce a una sociedad más corrupta, más violenta y vacía.
Ser críticos con el poder no es un acto de rebeldía, es un acto de responsabilidad. Porque cuando el poder deja de estar respaldado por el trabajo, las virtudes y la reflexión, deja de ser liderazgo y se convierte en una amenaza para toda sociedad.
Por: Javier Salina García
