COLUMNA

El liderazgo no se compra

El día en que el poder ya no pueda comprar voluntades, quienes fueron obligados a ceder parte de su trabajo recordarán no solo quién les quitó, sino lo que les fue negado.

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Hay una confusión peligrosamente aceptada en buena parte de la política local: la creencia de que el liderazgo es una transacción, una forma de poder que se acredita mediante la acumulación de recursos, la ocupación de cargos o la capacidad de exhibir influencias. Bajo esta lógica empobrecida, liderar no significa orientar, sino dominar; no implica servir, sino administrar necesidades; no exige virtud, sino solvencia económica. 

En el Cesar, y de manera particularmente visible en Valledupar, proliferan figuras que se autoproclaman líderes porque tienen séquitos, porque controlan presupuestos, porque parecen inmunes a la crítica o al relevo. Sin embargo, esa posición no nace del respeto ni de la admiración genuina, sino del dinero, de la burocracia y de estructuras de poder que se reproducen por costumbre, por miedo o por dependencia, más que por una adhesión consciente y razonada. Es un liderazgo aparente, sostenido por la inercia y no por la convicción; por la utilidad y no por el ejemplo.

El liderazgo verdadero no se hereda y, sobre todo, no se compra. Aquí hay algo de lo que poco se habla en Valledupar. Algo que se sabe, pero que se mantiene en silencio y es que muchos de quienes permanecen en el poder lo hacen de una manera casi extraña: no tienen un respaldo intelectual que justifique ese espacio, no hay ideas que los precedan ni pensamiento que los sostenga. Su permanencia no se explica por lo que dicen ni por lo que representan, sino por lo que compran.

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