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El instante del Voto

Hay una frase célebre atribuida al pensador Joseph de Maistre que suele reaparecer en tiempos electorales: “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”.

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Hay una frase célebre atribuida al pensador Joseph de Maistre que suele reaparecer en tiempos electorales: “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. La sentencia incomoda porque desplaza la responsabilidad hacia un lugar que rara vez queremos examinar con demasiada severidad: la conciencia colectiva sugiere que el rostro del poder acaba pareciéndose al juicio político de quienes lo hacen posible.

Las campañas electorales tienden a convertir la política en una escena teatral. Los candidatos repiten promesas que buscan seducir al oído del elector, diseñan consignas destinadas a sobrevivir en la brevedad de las redes sociales y recorren el territorio como si cada palabra pronunciada fuese capaz de inaugurar una nueva era. Durante semanas el país vive bajo esa atmósfera de expectativas que parece anunciar una inminente renovación de la vida pública.

Pero la historia política enseña una lección más sobria y dura de aceptar. Muchas de esas promesas no sobreviven al lunes siguiente a las elecciones. La retórica del cambio suele extinguirse en las complejidades del poder, y el entusiasmo inicial se transforma con frecuencia en una familiar sensación de déjà vu institucional. El ritual democrático se repite entonces con una cadencia que oscila entre la esperanza y el escepticismo. En ese ciclo hay un elemento que merece una reflexión más profunda: la memoria política de los ciudadanos. La vida pública de una nación está hecha de hechos que deberían permanecer en la conciencia colectiva —decisiones acertadas, errores costosos, episodios que marcaron la confianza entre gobernantes y gobernados—. Sin embargo, esa memoria parece cada vez más frágil. El tiempo electoral actúa como una corriente rápida que arrastra las lecciones del pasado hacia un olvido prematuro.

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