COLUMNA

El futuro de Colombia no puede construirse sobre el odio

Colombia necesita desmovilizar el odio y fortalecer la convivencia democrática, entendiendo que ninguna sociedad puede construir un futuro estable sobre la estigmatización, el fanatismo y la confrontación permanente.

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Colombia no puede regresar a los tiempos donde pensar distinto era una sentencia social, política o incluso de muerte. Nuestro país ha sufrido demasiado dolor, demasiadas guerras y demasiadas heridas abiertas como para permitir que el odio vuelva a convertirse en método de lucha política. Las expresiones que convierten al contradictor en “enemigo interno” son profundamente peligrosas para cualquier democracia. La historia universal ha demostrado que cuando se deshumaniza al opositor político, cuando se señala al que piensa distinto como una amenaza, se abren las puertas al fanatismo, la persecución y la violencia.

Las ideas de confrontación absoluta entre “amigos” y “enemigos”, que en algún momento alimentaron doctrinas totalitarias en Europa y sirvieron de combustible para las peores tragedias humanas del siglo XX, no pueden tener cabida en una nación que intenta sanar décadas de conflicto armado, exclusión y violencia política.

Nuestro departamento y nuestra patria necesitan exactamente lo contrario: reconciliación, respeto, dignidad humana y convivencia democrática.

Trabajamos por construir un Cesar y una Colombia donde, aun en medio de las diferencias ideológicas, religiosas, económicas o políticas, podamos mirarnos a los ojos y abrazarnos como seres humanos. Una tierra donde nadie tenga que esconder sus opiniones por miedo al señalamiento, la exclusión o la estigmatización.

Jamás debe renacer el ave oscura de la muerte que representaron las estructuras criminales del paramilitarismo, así como tampoco cualquier otra forma de violencia política disfrazada de justicia o redención ideológica. Colombia no necesita nuevos odios; necesita cerrar definitivamente las heridas de la guerra.

Quienes en el pasado hicieron parte de estructuras violentas y hoy aún sienten el peso moral, social o espiritual de aquella tragedia nacional, deben saber que siempre existirá un espacio para el perdón, la reconciliación y la reintegración humana dentro de una sociedad democrática. La paz verdadera no consiste únicamente en silenciar los fusiles; consiste en desmovilizar el odio que todavía habita en muchos corazones.

Los gobiernos progresistas, democráticos y sociales tienen el enorme desafío de demostrar que es posible construir caminos distintos sin recurrir al rencor ni a la venganza. En medio de dificultades históricas, desigualdades profundas y culturas políticas fracturadas, debemos encontrar salidas colectivas para implementar la Reforma Rural Integral, avanzar en la transición energética, combatir la pobreza y generar oportunidades reales para las regiones olvidadas.

Pero nada de eso será posible si seguimos alimentando discursos de odio, descalificaciones personales o promesas imposibles construidas desde la rabia. El futuro de Colombia exige serenidad, grandeza y responsabilidad histórica.

No podemos seguir divididos entre “buenos” y “malos”, entre “enemigos” y “traidores”. Ninguna democracia sólida se construye desde el exterminio moral del contradictor. La democracia verdadera se fortalece cuando somos capaces de escuchar, debatir y convivir incluso con quienes piensan diferente.

Hoy más que nunca debemos rechazar el fanatismo político, venga de donde venga.

Debemos defender la palabra sobre la amenaza, el diálogo sobre la agresión y la dignidad humana sobre cualquier proyecto de odio. Porque el futuro sí es posible. Y será posible únicamente si aprendemos a desmovilizar el odio de nuestros corazones.

Por: Marce Urón

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