Hoy la vida la voy a resumir comparando la historia de dos niños que vivían en el campo, ambos en medio de las mismas circunstancias y desarrollando las mismas actividades, en donde los acompañaron siempre una vaca y un café.
Comenzaré con la historia del niño feliz, que se levantaba con el olor del café que hacía su madre en la cocina, el brillo del sol asomándose por su ventana y el canto de su padre mientras ordeñaba su vaca. Aquel niño corría hacia su padre a ver su labor, ya que este le enseñaba sus trucos en medio de chanzas y mucha diversión. El café con leche era más que una tradición: se convirtió en el motor de una vida con mucho amor. Cuando sus hermanos más pequeños se levantaban, el niño era motivado por el liderazgo y la compasión de hacer que ellos siguieran su ejemplo con constancia y convicción. Los días transcurrían en medio del trabajo visto con orgullo y satisfacción, bajo la inspiración de un aroma a café y una vaca siendo testigo de todo el amor que una familia puede ofrecer.
Ahora continúo con la historia del niño triste, aquel que se levantaba en medio de los gritos y el ruido ocasionado por las discusiones que nunca parecían perecer. Cuando llegaba a la cocina, siempre veía el café derramado y escuchaba a su padre discutir por él; el niño creía que el café era el culpable y soñaba con el día en que dejara de caer. Luego su padre maldecía por la vaca que le tocaba ordeñar y cuidar; consideraba absurdo trabajar y descuidar su vida teniendo que madrugar. Cuando sus hermanos pequeños se levantaban, aprovechaba para desquitarse haciéndolos pelear, los culpaba de todo lo que ocurría y, por ello, la paz nunca reinó en su hogar. El niño creció deseando no tener nunca que trabajar, lo consideraba una carga y, así mismo, a la vaca como un malestar. El café y la vaca le parecían un problema, pero nunca se dio cuenta del daño que le hacían sus papás.





