COLUMNA

El crepúsculo de la Vallenatía, una ciudad gótica

En ese espectro, Ciudad Gótica deja de ser simplemente un escenario; es un tratado de filosofía política sobre la descomposición.

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El cómic, en su expresión más madura, abandonó hace mucho tiempo la mera fantasía heroica para convertirse en un espejo hiperbólico de las miserias urbanas. En ese espectro, Ciudad Gótica deja de ser simplemente un escenario; es un tratado de filosofía política sobre la descomposición. Concebida como el epítome de la metrópoli disfuncional, representa aquel estadio donde las instituciones han sido vaciadas de su propósito ético y la anomia social se erige como la única ley soberana. Gótica encarna la tesis del filósofo Thomas Hobbes: un estado de naturaleza donde el pacto social se ha trizado, y la vida del ciudadano común se torna solitaria, pobre, tosca y breve. Su tragedia fundamental estriba en que el sistema tradicional de justicia y administración está tan intrínsecamente carcomido que la esperanza de una redención interna se asume imposible. Es el reino de la desesperanza arquitectónica, un laberinto donde la luz del sol parece filtrarse con culpa, anticipando que la oscuridad formal no es un fenómeno astronómico, sino moral.

Al contemplar el mapa actual de Valledupar, resulta perturbador percibir cómo la distancia entre la distopía gráfica y nuestra realidad inmediata se reduce a un mero ejercicio de matices. La otrora capital del sosiego y el canto experimenta hoy una involución sistemática, un repliegue hacia las sombras de la inoperancia que evoca las peores postales de aquella urbe ficticia. La cotidianidad aquí se ha transformado en una penosa coreografía de la escasez, donde el acceso a la dignidad elemental se encuentra condicionado por la arbitrariedad de los prestadores de servicios.

La interrupción intempestiva del fluido eléctrico por parte de Afinia, ejecutada con la frialdad de un verdugo que no rinde cuentas, y las súbitas ausencias del flujo hídrico de Emdupar, configuran un escenario de desamparo habitacional donde el ciudadano es reducido a un sujeto pasivo del atropello institucional. La infraestructura básica, que debiera ser el cimiento del desarrollo, opera más bien como un recordatorio permanente de nuestra fragilidad colectiva.

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