La primera vez que Luis Enrique Galvis se paró frente al Pueblito Vallenato no vio el mirador romántico que recordaba de las fotos. Vio un lugar hostil: heces, orina, basura, estructuras vencidas y un silencio pesado sobre las piedras que alguna vez sostuvieron casitas de bahareque y tertulias al borde del río Guatapurí.
“Era un ambiente hostil para la ciudad”, diría después, ya como secretario de Gobierno de la administración de Mello Castro, intentando explicar por qué ese espacio, construido en nombre de la identidad vallenata, terminó convertido en bodega, letrina y parqueadero improvisado.
Un pueblo de bahareque que quiso ser memoria
El Pueblito Vallenato nació durante el gobierno de Aníbal Martínez Zuleta, sobre una loma rocosa en la margen occidental del Guatapurí, justo en la entrada del balneario Hurtado. Allí se levantó una réplica del viejo Valledupar: bohíos de bahareque, callejones empedrados, frondosos árboles y un mirador con vista a la sirena del río, pensado como escenario para contarle al visitante cómo era la ciudad de casitas bajas y tejas coloradas que evocan los cantos de Rodolfo “El Veje” Bolaños.









