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Diario de una ausencia (Segundo día)

Entre la incertidumbre, la esperanza y la fe, el autor relata el segundo día de ausencia de su pequeña princesa, aferrándose a los recuerdos, a la persistencia y al anhelo de un reencuentro que le permita volver a abrazarla

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Me despertó el sonido lejano y casi inaudible de un grito. A pesar de la oscuridad infinita reinante en la habitación podía ver todo muy claro a mi alrededor, menos a ella quien me gritó y que ahora escuchaba con seguridad. Su murmullo ahora era suave, sereno y relajante, incluso, podía sentirla y su presencia se esparcía en el ambiente y hasta sentía algunas minúsculas gotas de agua que como rocío salpicaban mi rostro, era una invisible llovizna que apenas percibía. Sabía que eran lágrimas, sus lágrimas.

Tomé el celular para ver la hora, pero más que todo, el día, pues la incomprensión del tiempo que por capricho me obligaba a creer en él hacía que lo tuviera en cuenta, pero siempre retrocediéndolo en todo. El recuerdo de las cosas y momentos estaba ahora más presente que antaño y que las cosas que con el transcurrir de los días deben olvidarse naturalmente se asomaban con nitidez en los adentros de mi ser.

Mis ojos se encandilaron con aquella luz brillante y en el fondo de la pantalla del teléfono la observé de nuevo. Su foto me saludó dándome los buenos días y recordándome que había transcurrido un día más, ya era un día menos que pasaba para estar de nuevo en casa, si así el Gran Eterno lo permitía. Debía pesar un poco menos y su cabello debió haberle crecido un poco más. Extendí mi índice hacia el rostro de la imagen y la acaricié con la absoluta seguridad de que ella me sentiría desde donde estaba.

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