El bien o bienestar común es un concepto que se refiere al conjunto de condiciones sociales, económicas y políticas que permiten a todas las personas de una comunidad una buena calidad de vida, a lo que se llega no propiamente por inercia y requiere mucha claridad, determinación y medios para lograrlo, siendo actor principal el Estado con sus inversiones, cumpliendo con un postulado sencillo pero muchas veces desconocido; para esto hay que dar prioridad a las necesidades básicas como lo son salud, educación, agua potable, energía eléctrica, saneamiento, vivienda, empleo, seguridad, movilidad, siendo esta una lista de prioridades jerarquizada pero no inflexible.
Hay que identificar las más sensibles necesidades y conforme a su mayor peso resolverlas, en lo que claramente se ha fallado, y por eso tenemos habitantes de calle, mendicidad, hambre, complejos servicios de salud, la educación sería gratuita, la oferta de vivienda masiva y asequible y no dar paso al criterio faraónico, que ha sido utilizado impunemente, incurriendo en despilfarro de dineros públicos, fruto de prioridades invertidas o al no muy mencionado populismo de infraestructura, que es cuando las obras lo que buscan es impacto visual o político, de los cuales sobran los ejemplos, que no resuelven necesidades esenciales, terminando muchas de ellas convertidas en elefantes blancos, lo que saca a flote la insensibilidad social, evidencian gasto suntuario estatal, con altas dosis de corrupción.
Para decidir sobre un programa u obra hay que ponderar la utilidad real para la población, el impacto frente a necesidades urgentes, que busquen el bien común, la eficiencia y la mejora real de la calidad de vida; para ello, el Estado, al administrar el dinero, debe buscar el mayor beneficio social posible, con criterios de justicia, eficiencia y transparencia, queriendo esto decir que será primero la salud, hospitales, por ejemplo, apoyar una empresa de acueducto al borde de la disolución, que a un malecón, una Casa en el Aire o un Centro Cultural de la Música Vallenata, sobre todo existiendo ya el Parque de la Leyenda Vallenata, subutilizado, casi abandonado. Eso es una exageración y por encima de todo indolencia y vanidad.
¿Cuánto costaron y siguen costando las dos obras inconclusas arriba mencionadas y si los miles de millones allí invertidos no hubieran impactado positivamente la solución de los graves e invisibilizados problemas comunitarios? ¿Por qué no se ha pensado en granjas solares que produzcan energía barata para morigerar el costo de la inaceptablemente costosa energía de Afinia o financiar las IPS públicas, crear refugios sociales, mientras se ataca la causa?
Parece que lo que no sea o parezca folclor no vale la pena apoyarlo, pues eso es lo que da vitrina y atrae electores encandilados por los europeos Thomas Parr y el señor Hohner.
El dinero sigue fluyendo, pero lo que no pueden seguir dándose son los yerros y el esguince a las prioridades. Eso hace crecer las distancias sociales, amplía la marginalidad y la exclusión. Entonces el día de los cobros no nos quejemos.
Por: Jaime García Chadid
