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Otros amigos mecenas

La solidaridad, la amistad y la palabra de hombres íntegros fueron decisivas para que José Romero Churio pudiera regresar a Valledupar como especialista en cirugía general.

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Mi amigo, el abogado Orlando Araque García, fue el auditor de la Contraloría General de la República (CGR) que avaló la comisión de estudios que me otorgó el Instituto Colombiano de Seguro Social (ICSS) por dos años consecutivos y licencia no remunerada por un año para que yo estudiara la especialización de Cirugía General en la Universidad del Valle de Cali.

El doctor Araque me dijo: “Doctor Romero, después de que usted obtenga el diploma de médico especialista en cirugía general, pienso que la ejercerá en Valledupar”. “Es mi anhelo”, le respondí. “En el contrato de compromisos que el director general del ICSS y usted firmarán, le anexaré una cláusula que le garantice su aspiración, para lo cual, mientras esté cursando la especialización absténgase de disfrutar vacaciones pagadas por el ICSS”.

Sorprendido le dije que me aclarara la cláusula. “La plaza de Valledupar es apetecida. Por la comisión de estudios, en contraprestación el ICSS lo puede ubicar en cualquier lugar de Colombia que necesite especialistas en cirugía general; por ende, en dicha cláusula, escribiré que cuando usted termine la especialización debe informarlo al subdirector Nacional de Salud del ICSS, aportando la documentación correspondiente con copias a la Contraloría General y a la Procuraduría General. Si pasan 45 días hábiles después de su información oficial y, el ICSS no le asigna lugar de trabajo, usted puede exigir la plaza donde prestará la contraprestación”, me explicó el doctor Orlando Araque.

Cuando terminé la especialización, en Bogotá, personalmente, presenté los documentos que certificaban que había terminado la especialización y que estaba disponible para trabajar donde me ubicaran. El funcionario del ICSS que revisó la documentación me dijo: “En Valledupar, prontamente habrá una vacante, porque uno de los dos cirujanos de planta está incapacitado y en poco tiempo cumplirá los requisitos para pensión de jubilación. Del otro cirujano hemos recibido muchas quejas por comportamiento inadecuado, por lo tanto, lo más probable es que sea despedido”. El alto funcionario me entregó copia de la comunicación dirigida al director regional del ICSS en Valledupar, donde dice que se me conceda ubicación.

En Valledupar, a mi colega y amigo le informé que lo iban a despedir del ICSS, y le mostré la copia de la comunicación que me entregaron en Bogotá. Y le manifesté mi solidaridad afirmándole que yo no lo remplazaría, pero si no dejaba el hábito del alcohol, tarde o temprano otro colega lo sustituiría.

Al director seccional, le entregué la copia de la susodicha comunicación y, enfáticamente, me dijo que no había empleo vacante y me devolvió la notificación. Se lo dejé a su secretaria, que me cedió la respectiva copia con anotación de recibido. Luego pasé a la oficina de Recursos Humanos a solicitar las dos vacaciones anuales que tenía pendiente y me las concedieron.

En el Hospital Rosario Pumarejo de López (HRPL), su gerente de entonces también me dijo que no tenía vacante para especialista en cirugía general. Se lo comenté al jefe médico (científico) del HRPL, que era el cardiólogo Eduardo Arredondo Daza (q. e. p. d.), mi amigo, y me dijo: “José, en pocos días el gerente viajará a Bogotá por asuntos pertinentes a su cargo. Políticamente, yo tengo más peso que él; en su ausencia lo sustituyo y aprovechamos para nombrarte”. Así fue mi rápida vinculación como cirujano general en el HRPL.

Después de que pasó el tiempo de mis dos vacaciones del ICSS, le envié una carta al subdirector nacional exigiendo mi nombramiento en Valledupar, amparado por la cláusula, que fue acatada. Y fui nombrado sustituyendo al colega Germán Vargas Lobo (q. e. p. d.), que entonces reemplazaba al colega Alcides Martínez (q. e. p. d.), que salió jubilado. Germán, que también era gastroenterólogo y el único que le prestaba el servicio de gastroenterología a los pacientes del ICSS, fue consciente de mi solidaridad con el otro cirujano del ICSS —respetado por su sapiencia y pericia quirúrgica— que estuvo al filo de la navaja. Gesto propio de la gente buena.

Por: José Romero Churio

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