A la Muerte no se le vence, ella solo se detiene y te contempla sonriente, tal vez reflexionando sobre la estupidez inmortal de la esperanza humana y decide bostezando quizás por un momento cambiar de rumbo, pero al final revisa la lista y recuerda que una vez se detuvo a contemplarte y entonces piensa: “¿Qué será de la vida de …?” y tal vez decida de nuevo pronto ir a buscarte o tal vez no y permita que te jactes diciendo que la venciste.
Pero, por el momento, sin prisa piensa que hay otros lugares más concurridos que visitar y se encamina hacia los campos de batalla, a las calles de las ciudades, a las habitaciones y salas de cirugía de los hospitales o hasta las aparentes calmadas montañas, y tras esperar el finito instante necesario, ella toma la mano del que ha de partir esta vez y emprenderá el viaje misterioso hacia donde solo ella sabe.
La Muerte, mis queridos lectores, hermana de la Vida, nace junto con ella tomada de la mano; lloramos porque tememos sin saberlo que vamos a morir, no porque vamos a vivir. Esa primera bocanada de aire que penetra en nuestros pulmones e hincha nuestro interior es solo el inicio de nuestra vida que con ironía se arropará de nuevo con la Muerte algún día. Pero mientras pasan los días de nuestra existencia solo abrazamos la vida y nos olvidamos de la Muerte, su eterna hermana, sin embargo, ella de nosotros no.





