A la Muerte no se le vence, ella solo se detiene y te contempla sonriente, tal vez reflexionando sobre la estupidez inmortal de la esperanza humana y decide bostezando quizás por un momento cambiar de rumbo, pero al final revisa la lista y recuerda que una vez se detuvo a contemplarte y entonces piensa: “¿Qué será de la vida de …?” y tal vez decida de nuevo pronto ir a buscarte o tal vez no y permita que te jactes diciendo que la venciste.
Pero, por el momento, sin prisa piensa que hay otros lugares más concurridos que visitar y se encamina hacia los campos de batalla, a las calles de las ciudades, a las habitaciones y salas de cirugía de los hospitales o hasta las aparentes calmadas montañas, y tras esperar el finito instante necesario, ella toma la mano del que ha de partir esta vez y emprenderá el viaje misterioso hacia donde solo ella sabe.
La Muerte, mis queridos lectores, hermana de la Vida, nace junto con ella tomada de la mano; lloramos porque tememos sin saberlo que vamos a morir, no porque vamos a vivir. Esa primera bocanada de aire que penetra en nuestros pulmones e hincha nuestro interior es solo el inicio de nuestra vida que con ironía se arropará de nuevo con la Muerte algún día. Pero mientras pasan los días de nuestra existencia solo abrazamos la vida y nos olvidamos de la Muerte, su eterna hermana, sin embargo, ella de nosotros no.
Como poeta busco cada día la luz para resistir los escombros de mis propias sombras, sin dejar en vano la belleza, claro está, ante la sorpresa de la llovizna, el viento, el mar o la tierra, mis elementos-palabras que me acompañan siempre a la revelación del instante en el que el amor y la muerte transitan a través de evocaciones de tiempos lejanos, tiempos que no existen, tiempos inventados por el hombre, en los que me permito vivir para al final morir.
Cuando escribo poesía intento acercarme a un universo onírico, en el que aspiro a ver fantasmas que deambulen por los versos. Insinuando murmullos envueltos de añoranzas, que me digan de qué manera viven en la muerte para tal vez dejar de temerle cuando llegue por mí algún día. Intento, de igual forma, penetrar en una nostalgia necesaria que me resurge entre el sueño y la vigilia, los que para mí son lugares idílicos que desaparecen, en donde los que a diario insisto en regresar esperando tropezarme con la Muerte y por qué no, charlar con ella, antes de dormirme profundo y eternamente, pero, por el momento solo encuentro el eco vacío de la sonoridad de mis rimas, el que me ayuda a vencer la realidad de mis tristezas.
Hoy, me atrevo a decir, queridos lectores, que todos son como yo soy, la suma de muchos sueños, de pesadillas y fantasías; hablo por ellos, por los recuerdos que ya no habitan, pero que sus fantasmas pasean en los patios, caminan en las sombras, agazapados en la orilla, como si aún existieran y no quieren irse; que se abrazan en la brisa, aferrados a la vida, conversando entre silencios, escondiendo sus sonrisas, susurrando los latidos que no palpitan en el pecho, como aquel que busca el alma donde no existe el paraíso; somos, queridos lectores, la suma de nuestros llantos, de nuestras risas y tormentos; callamos por ellos, por los recuerdos que nos animan a saborear lo que se nos escapa en la nostalgia y agonía, donde no vemos fantasmas que deambulan junto a nosotros, porque hoy somos uno de ellos, resistiéndonos a partir.
Y cuando la Muerte haya regresado de los lugares que visitó, volverá algún día a nuestro lado y tomará de la mano a su hermana la Vida; no necesitará invitación alguna ni anunciará esta vez su llegada. Solo buscará que la miremos para partir con ella, sin afán y sin prisa; y entonces, en ese momento, tampoco nos preguntará si ya somos un alma cansada, ni si somos niños, ni si somos jóvenes. Tampoco verá nuestros trajes, solo mirará de nuevo la lista en la que nos lleva anotados, no importándole si somos pobres o estamos vestidos con encajes; solo cumplirá con su rápida pasada. Y nos enseñará, y tal vez aprenderemos, que en la vida no estuvimos preparados para recibirla, y esta vez sí nos extenderá su pasaje.
POR: JAIRO MEJÍA
