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¿Dónde están las mariposas?

Y es que la vida de las mariposas era, sin que lo supiéramos, la lección más perfecta de lo que fuimos

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El gran compositor vallenato Wilson “Wicho” Sánchez, se refería a las mariposas, como manifestación de su angustia por el regreso de esas hermosas criaturas de la vida silvestre.

Vi pasar una mariposa/
Una mariposa rara/
Yo le miré muchas cosas/
Pero no le vi la cara

Eran cuatro mariposas/
Yo solo un mariposito/
Y se pusieron celosas/
Alzaron su vuelo y me quedé solito/

Como yo sé que sales a pasear/
Y nunca me has mostrado tu jardín/
Como yo sé que volar es tu fin/
Aquí a mi jardín tendrás que regresar. /

El perro criollo, que plácido dormía sobre el piso de barro de las casas de bahareque, ya ni siquiera sobre el duro e infernal pavimento que cubre las calles de los pueblos modernos puede hacerlo. El hombre actual —bajo la pérdida de la consciencia— ha inventado el método exacto para destruir la paz de otros tiempos que, como las mariposas multicolores cuando aparecían en la primavera de las flores, regaban su aroma por todas partes para perfumar el sentido de la vida, que ejercía su poder de goce y placer sobre cualquier pedazo de tierra.

Hoy, parece que hubieran desaparecido esas mariposas de otros tiempos; sus imágenes fantásticas quedaron sin formas para que la miseria humana tome lugar en la oscuridad del destino o en cualquier parte de la nada. Ya no existen sus colores vistosos que se rendían con las fiestas patronales bajo el peso encantador de la familiaridad con la dirección de una madre que bendecía sin cesar los alimentos oportunos para que la vida no sintiera tanto su propio peso y escondiera sus angustias, no para confundirlas con el dolor o el sufrimiento, pero sí para saberlas soportar y hacerlas parte de la vida cotidiana, como algo normal donde lo imposible estaba ubicado dentro de lo posible bajo el control de la fe que respetaba las tradiciones y creencias de las familias unidas por el perdón.

¿Dónde están entonces las mariposas? Ah, claro, ya no existen las flores. Tampoco veo mariposas negras o grises que eran presagios de mala suerte. Hoy se confunden con los pasamontañas que llevan implícita ese tipo de suerte, en forma de muerte violenta y sin sentido, solo por el simple hecho de mostrar el poder del hombre frente al hombre, porque las sanas ideologías que nacieron con la organización de la vida sobre la tierra han sido desplazadas por la prisa, el ruido y la envidia sin destino.

Y es que la vida de las mariposas era, sin que lo supiéramos, la lección más perfecta de lo que fuimos. Nacían humildes, casi invisibles, adheridas a la hoja sencilla de cualquier árbol, como nacen los sueños en el corazón de los hombres. Luego eran oruga, arrastradas al suelo, comiendo lo necesario, sin ambición, sin exceso, cumpliendo el ciclo silencioso de la preparación. Así era la gente de antes: trabajadora, paciente, consciente de que la vida no era un espectáculo del socialismo absurdo sino una siembra colectiva de riqueza.

La crisálida, ese aparente abandono, esa quietud que desde afuera parece muerte, seguía a la realidad de una transformación. Hoy el hombre le teme a ese proceso. Ha olvidado recogerse, meditar, esperar. Quiere nacer mariposa sin haber sido oruga, volar sin haber resistido, brillar sin haberse transformado. Y por eso sus alas son frágiles, artificiales, incapaces de sostener el peso de su propia existencia.

Cuando al fin la mariposa desplegaba sus alas, no lo hacía para imponerse, sino para embellecer. No destruía la flor: la visitaba. No poseía el jardín: lo recorría. No competía: coexistía. Era, en su breve vida, un acto de armonía. En cambio, el hombre de hoy ha convertido el vuelo en carrera, el color en ostentación y desprecio, y la existencia en una lucha constante por sobresalir sobre el otro. Ha olvidado que la belleza no necesita imponerse, que basta con el honor.

Y sin flores, sin pausas, sin silencio, sin transformación, una vida que no se posa, que no poliniza, que no deja fruto, de nada sirve.

Tal vez las mariposas no han desaparecido del todo. Tal vez se han escondido, esperando que el hombre vuelva a ser tierra fértil, vuelva a sembrar, vuelva a creer. Tal vez siguen naciendo en algún rincón del planeta donde aún se respeta el ritmo de la vida, donde el vuelo no es competencia sino celebración.

Porque mientras exista una sola flor verdadera, mientras haya alguien capaz de mirar con asombro, mientras el corazón humano recuerde la paciencia de la oruga y la esperanza de la crisálida, habrá todavía una posibilidad de que regresen. Y entonces, solo entonces, entenderemos que nunca se fueron: fuimos nosotros quienes les pagamos con la indiferencia de los indolentes. Qué forma extraordinaria de concluir el compositor sus versos cuando dice:

Mariposita de mi vida/
Mira en que tristeza quedo/
Regresa mariposita/
Para mirarte de nuevo. /

La naturaleza no solo inspira por el fascinante olor de sus flores sino por los maravillosos colores de las mariposas.

Por: Fausto Cotes N.

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