Ese día sentí que amaneció más temprano; no sé si era el impulso que permitió que me levantara antes del amanecer, obedeciendo al compromiso que tenía con el Santísimo de asistir a misa de 4 p. m.
Ese lunes, la mañana se encontraba fresca y radiante. En la plaza había una sensación de tranquilidad, fervor y espiritualidad, marcada por el silencio colectivo de feligreses que, con rosario en mano, desde la madrugada, año tras año acuden masivamente al inicio de Semana Santa a la casa del Ecce Homo situada en la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, que se ubica en una de las esquinas de la plaza mayor y en diagonal con la casa de la heroína María Concepción Loperena de Fernández de Castro.
Teleológicamente, la imagen sagrada del Ecce Homo no representa a un santo, sino al mismo Hijo de Dios en el momento de su pasión; simboliza a Jesucristo en pie, con su corona de espinas y con las manos atadas a una columna. Es la imagen de cuando Poncio Pilato presenta a Jesús ante el pueblo judío durante el juicio que terminó con su crucifixión.
Con fe y pasión los devotos del Ecce Homo presentan solicitudes al milagroso patrón de los vallenatos, mientras otros pasan mandas para agradecer el milagro recibido.
La comunidad de los Caballeros del Ecce Homo, a la cual me honro de pertenecer, es una congregación pequeña de hombres probos al servicio de la Iglesia católica. Nos corresponde la guarda y la integridad de la imagen sagrada y velar porque la tradición oral en torno al Santísimo no se pierda. Por ello nos preparamos para organizar la fiesta de Jesús de Nazareno y cada lunes del año nos congregamos para rendir tributo a la pasión de Cristo sacrificado y a la imagen bendita que data de los primeros años de la ciudad, es decir, desde la época de la Colonia, escultura realizada en madera de corazón fino, elaborada a principios del siglo XVIII.
La leyenda habla de un humilde peregrino que hace 270 años, más exactamente en 1756, llegó a la ciudad de los Santos Reyes y a cambio de agua y pan se ofreció a tallar la imagen bendita de nuestro Señor Jesucristo.
El buen hombre dijo provenir de la población de Rincón Hondo; los lugareños confiaron en sus buenas dotes como carpintero. Pidió encerrarse en un lugar solitario de la iglesia por 33 días; la sorpresa de la comunidad fue mayúscula al notar que el amable ebanista no salía del remoto rincón. Al irrumpir en el lugar, se encontraron con la sorpresa de que el hombre había partido sin dejar rastros y sin probar bocado alguno.
Los fieles por años han difundido que la mitológica imagen del Ecce Homo de Valledupar no solo está cargada de milagros y testimonios de muchos fieles que aseguran y dan testimonio de fe de los favores recibidos; manifiestan además que cuando el Ecce Homo no quiere salir de la iglesia de la Inmaculada de la Concepción se torna pesado, y cuando de hacer milagros se trata, su estampa se torna sudorosa para que los fieles con pañuelos y ballestillas blancas lo sequen; después se lo aplican en el rostro del ser querido que se encuentre en cama y a los días este encuentra la sanación.
El pasado Lunes Santo, cuando prestaba guardia en la iglesia de la Concepción, salvaguardando la imagen del Ecce Homo, al inclinar mi cuerpo en busca de su rostro bendito, sentí la sensación espiritual de que el Santo Padre posaba risueño y feliz. Es el reflejo que observé y vieron muchos amigos feligreses en el inmaculado rostro de Jesús. Es natural que el Ser Supremo, al ver a un pueblo postrado a sus pies rindiéndole homenaje a su sacrificada imagen, cantándole alabanzas, orando de rodillas en agradecimiento por los beneficios recibidos del Creador.
Por: Pedro N. Castro Araújo/ El Cuento de Pedro
