El Banco de la República le hace contrapeso a Petro, este lo maldice y el ministro de Hacienda lo deja -hecho que no tiene antecedentes-. El Consejo de Estado toma decisiones contrarias a los intereses absolutistas del Gobierno y el Ejecutivo lo sataniza y acusa a los magistrados de tomar decisiones no en derecho, sino movidos por causas políticas.
La Corte Suprema de Justicia investiga la campaña del hoy presidente, a sus amigos más cercanos, a sus familiares, y encuentra evidencias de la supuesta comisión de varios delitos; Petro alega persecución política e invita a la ciudadanía a salir a las calles para intimidar a los magistrados y afectar el sistema de pesos y contrapesos de nuestra Carta Magna. La Fiscalía General de la Nación apoya investigaciones como las anteriormente citadas y desde la presidencia se le acusa de querer desestabilizar al gobierno; lo mismo sucede con la Procuraduría General de la Nación -y sea la oportunidad para aclarar que, en la elección de ambos funcionarios, Petro tuvo injerencia directa-.
Cuando la Defensoría del Pueblo, actualmente en manos de una extraordinaria funcionaria como lo es Iris Marín, recorre los territorios y deja en evidencia el fracaso absoluto de la mal llamada “Paz Total”, eje político-criminal de este gobierno, Petro y su recua contraatacan y pretenden desestabilizar la independencia de entidades como esta. Para que pueda darse cumplimiento a los acuerdos denominados como “Pactos de la Picota”, que permitieron la compra de las elecciones presidenciales por parte de la izquierda delincuente de Colombia, se ordena desde el Ministerio de Defensa, desde el despacho del desdibujado Pedro Sánchez, que nuestras Fuerzas Militares se guarden en los cuarteles y no persigan a los delincuentes. ¿Resultado? El hampa se tomó el país, los terroristas se mueven a sus anchas, Colombia está invadida en coca y los ciudadanos de bien no podemos salir a la calle tranquilos.
Para afectar aún más a las fuerzas, el gobierno acaba con el servicio militar obligatorio, medio que servía para que los colombianos tuviéramos un entrenamiento militar en caso de requerir una defensa armada de Colombia y que, de paso, nutría los cuarteles con jóvenes que, gracias a él, descubrían su deseo de hacer parte de la milicia.
Petro quiere una constituyente para “legalizar” la tiranía al estilo Castro, Chávez, Ortega.
Mientras tanto, cuidar de las mamás y los papás cuando se convierten en adultos mayores no es una obligación para los hijos, sino que debe considerarse un hermoso acto de amor, bien aprovechado. Este acto no depende de un presupuesto, de lujos que se les puedan ofrecer al hacerse viejos, depende de una simple actitud de los hijos: agradecimiento por la vida y todo lo que les pudieron ofrecer, reflexión, empatía, deseo auténtico de acompañarlos, en la medida de lo posible, durante unos últimos años de tranquilidad, estabilidad emocional y cuidado, de una puesta en marcha de una linda ética del cuidado, nada más. Lamentablemente cuando estas situaciones se presentan, cuando se enfrenta la vejez de los papás, se complican estos acuerdos de bienestar por conflictos entre los hijos; esos conflictos que son normales, pero que, al trascender en el tiempo, dejan heridas que no cierran, que no cicatrizan.
Hoy los invito, a todos aquellos que vivan este presente o que lo vayan a enfrentar pronto, a que depongan sus intereses, a que dejen atrás el orgullo y la soberbia para reencontrarse, poniendo a nuestros viejos en el centro de las decisiones, e iniciar la construcción de un ambiente sano para despedirlos como se merecen: en tranquilidad, en familia, en sus hogares. Si la enfermedad o la vejez de los padres sirve para que los hijos hagan las paces, se reencuentren y dejen atrás los desacuerdos, tanto su vejez como su enfermedad serán los medios de los que se vale Dios para reunir a las familias, para que los corazones recuperen la tranquilidad, para que los nietos, si los hay, puedan disfrutar al crecer en compañía de sus abuelos, tíos y primos. Esta apuesta vale mucho la pena, créanlo, ¡a por eso!
Por: Jorge Eduardo Ávila
