En 1973, cuando mediábamos la básica secundaria en la Escuela Industrial, que, en mi caso, producía, todavía, expertos en taller (luego daría los bachilleres técnicos, de los que seríamos su primera promoción en 1975), ya habíamos participado en manifestaciones multitudinarias del Día del Estudiante, defendiendo la educación pública. Además de recordar a las decenas de universitarios muertos en marchas, antes y durante diferentes gobiernos del Frente Nacional, en especial, durante la dictadura de Rojas.
En esas congregaciones, que generalmente concluían en la Plaza Alfonso López, no faltaba una que otra cartulina o pasacalle reclamando la creación de una universidad pública para la ciudad y el departamento, que le brindara posibilidades de profesionalización a miles de bachilleres que veían claudicar sus aspiraciones universitarias por falta de recursos o escasez de cupos, para ir a los claustros superiores de la Costa o del país.
En el 73, precisamente, trataron de darnos contentillo con la creación del Instituto Universitario del Cesar, ITUCE, pero cuando estaba a punto de dar sus primeros técnicos, tres años después, y tras darse cuenta sus primeros estudiantes de que no era el título que deseaban, en 1976 adquirió vida como universidad, gracias a la tarea parlamentaria de Jaime Murgas Arzuaga, que acogió las inquietudes del estudiantado y de numerosos ciudadanos que batallaron en pos de esta.
Sí, en noviembre de este año se cumplirá el medio siglo de haber sido aprobada la Ley 34, que transformó al ITUCE en la hoy flamante Universidad Popular del Cesar, y el año entrante, en agosto, los 50 años de haber iniciado su vida académica.
Sí, ayer como hoy, aun no habiendo transitado por sus aulas, la UPC ha sido motivo de defensa de su nombre e integridad; de su importancia sociológica y calidad académica; de su crecimiento e irradiación hacia todos los territorios del Cesar; de su integridad moral y física, que en tiempos recientes se vio amenazada y victimizada por las fuerzas del mal.
Insistimos en la necesidad de que esa alma mater esté donde la juventud la exija. Por eso, enhorabuena, sobreponiéndose a sus malquerientes, que, desde el sector privado y desde dentro de ella —como se opusieron a la creación de la Facultad de Medicina— han querido impedirlo, se ha logrado la aprobación de la creación de su sede en La Jagua de Ibirico, centro minero del Cesar por antonomasia.
Igual que hace 50 años, cuando ya había quienes no querían su creación; como igual se oponían a la UNAL de La Paz, que nació sin llenar las expectativas anheladas por miles de jóvenes cesarenses, la UPC, con creciente confianza, se abre paso para el bien del crecimiento académico e intelectual de la ciudad, el departamento y la región.
Por: Pedro Perales Téllez
