Este título mis queridos lectores, le corresponde a una parábola hindú, un breve relato que nos da una lección de vida desde cualquier perspectiva y que de alguna forma cuando la leí me hizo abrir los ojos para darme cuenta de que al final todos somos mendigos de algo en la vida. Intentaré, como lo han hecho otros escritores, contarla de una forma bastante libre y sencilla de manera que tal vez, ustedes, los que me leen, puedan también comprender y aprender de ella como hoy yo lo he hecho.
A muchos nos fascinan las historias contadas por las abuelas y los abuelos, los recuerdos de ellos nos hacen exhalar un suspiro de nostalgia, pero abrazado con la alegría de aún mantenerlos vivos en nuestras mentes, y esta es una de esas historias que por siglos sobrevive a la oralidad sin tiempo y que nos hace cerrar los ojos y pensar en cada una de las escenas con sus personajes, aunque muchos no crean en ellos.
La historia comienza con la visita que le hace el arcángel Uriel a Dios, el Gran Eterno, como le llamo, cuando un día acudió a Él con una expresión de gran tristeza pintada en su rostro. Como era de esperarse, Dios le pregunta a este, qué le entristecía y el arcángel en medio de su congoja señala hacia abajo. El Gran Eterno inquieto por la actitud de su arcángel observa hacia la Tierra y ve a un hombre de figura maltrecha que le costaba caminar.





