En mi domicilio de Bogotá recibí la carta de la Universidad del Valle, en la cual me informaban el resultado de mi examen de admisión. También me felicitaban por el puntaje obtenido, que me permitió estudiar la profesión médica. Además, me notificaron que me presentara lo más pronto posible en la oficina del decano de Admisiones y Registro de la Universidad de los Andes de Bogotá, donde me proporcionaron toda la información pertinente.
Inmediatamente fui a la oficina indicada y el decano, Alberto Schotborgh, después de leer la carta me atendió amablemente, aclarándome que los primeros dos años de la carrera de Medicina los estudiaría en la Universidad de los Andes de Bogotá y los otros cinco años en la Universidad del Valle, en Cali, si mantenía un promedio académico de 3,8 en la escala de 0 a 5; si no, quedaría desvinculado de la universidad. El costo de mis matrículas era según las tarifas de la Universidad del Valle que, por ser pública, entonces en el primer semestre pagué $70,00 (setenta pesos). Este dinero también cubría mi alojamiento en un apartamento amoblado unipersonal con todos los servicios, incluso el aseo diario, en el Centro Urbano Antonio Nariño (CUAN), ubicado en la localidad de Teusaquillo, de Bogotá. Por mi revés en la Universidad Nacional, le ofrecí las gracias a Dios, evocando el viejo adagio popular que dice: “No hay mal que por bien no venga”.
En los cuatro semestres que estudié en la Universidad de los Andes, mi talón de Aquiles fue el idioma inglés, cuyo aprendizaje en el Colegio Loperena de Valledupar era muy trivial. Por ende, tuve que estudiar cuatro niveles de inglés (uno cada semestre). Afortunadamente, con mucha dedicación y sacrificios, aprobé los cuatro niveles con calificación superior a 3,8. Empero, mi mayor dificultad fue la materia de genética, que se aprendía en el cuarto semestre, y el profesor era Hugo Hoenigsberg, quien entonces era el director del prestigioso Instituto de Genética de la Universidad de los Andes.
Cuando yo cursaba el tercer semestre, dicho profesor me preguntó si pasaba mis vacaciones en Valledupar; por la emoción le respondí que sí, y me pidió el favor de traerle moscas de la especie Drosophila melanogaster, nativas de Valledupar. Me adiestró en cómo atraparlas y me entregó todos los aperos para conservarlas vivas. Por inconvenientes de fuerza mayor no pude ir a Valledupar y, para colmo, no le expliqué al profesor el motivo de mi incumplimiento. Por fortuna para mí, Luis Granobles, oriundo de Caracolicito, Cesar, que era auxiliar de la cátedra de genética, me advirtió que el profesor Hugo Hoenigsberg estaba muy disgustado conmigo.
El oportuno gesto de solidaridad de mi coterráneo me retrotrajo aquello de que “guerra avisada no mata soldado”. No obstante, sufrí bastante para ganar la materia de genética, porque el profesor Hoenigsberg, en el trabajo de investigación que era el 50 % de la materia, me lo calificó con uno (1). Un examen parcial, por presunta intención de copia, me lo anuló con cero. Cuando me pasaba al tablero se percibía su intención de rajarme y ridiculizarme; era tan visible, que mis compañeros de aula me aplaudían largamente por mis acertadas respuestas a los difíciles temas que dicho profesor me ponía a resolver. En una ocasión que calificó mal mi respuesta porque me faltó escribir un cero (0) en la cifra de un cálculo de probabilidad, cuya escritura era en millonésimas, con mucho coraje les conté a mis compañeros el motivo de la hostilidad del profesor Hoenigsberg hacia mí. En fin, gané la materia por mi amenaza, sugerida por mi coterráneo, de solicitar revisión de mis calificaciones y exponer los antecedentes del origen de tal hostilidad en la rectoría de la universidad, lo que calmó la beligerancia del profesor, y a regañadientes aceptó ponerme la calificación real.
Con sumo agradecimiento manifiesto que mi aprendizaje en la Universidad de los Andes fue de alta calidad. Esto lo certifica el ranking que actualmente ocupa, según publicación de QS, Sapiens y de otros medios acreditados.
Por José Romero Churio
