Escuché siempre a mi padre, «Pepe» Castro, decir que en 1930 compartió aulas en la pequeña escuela pública de Valledupar con dos niños procedentes de Patillal. Allí conoció a quienes en el futuro apadrinarían a sus hijos: a Hernando Molina Céspedes y Rafael Escalona Martínez. El primero de ellos contrajo nupcias con la distinguida señorita Consuelo Araujo Noguera y quienes décadas después, en 1968, junto al gobernador del Cesar Alfonso López Michelsen, se inspiraron en la idea de crear un Festival Vallenato alrededor de las festividades religiosas en honor a la Virgen del Rosario.
Consuelo, gestora cultural y matrona del festival, convirtió en oficinas y sitio de reuniones la casa de corte colonial, construida a finales del siglo XVIII, ubicada en uno de los extremos centrales de la vieja plaza de la Ciudad de los Santos Reyes.
De par en par la antigua casona fue abierta para recibir a propios y extraños, entre ellos delegaciones de cachacos que venían a Valledupar a gozar del naciente festival, conocer la esencia del vallenato acompañados de su repelente gesto capitalino para aprovechar y consumir whisky gratis.





