COLUMNA

A votar con odio

Tanto la ultraderecha como la izquierda radical se encargaron de alimentar unas nuevas tendencias políticas que rebautizaron lo que es ser de derechas o ser de izquierda (liberales vs. conservadores).

canal de WhatsApp

Tanto la ultraderecha como la izquierda radical se encargaron de alimentar unas nuevas tendencias políticas que rebautizaron lo que es ser de derechas o ser de izquierda (liberales vs. conservadores), y me voy a disculpar por estar martillando sobre el mismo tema, pero creo que el contexto actual lo amerita viendo cómo en cada nueva elección la radicalización está en niveles peligrosos.

Hay dos tendencias que se odian visceralmente: una ultraderecha que no solo atiza el discurso en contra del campesino, del negro, del indígena y en definitiva del pobre; los ve como un ser inferior, alguien que solo merece estar en el lugar donde está, así sea en la miseria pura, pero es ahí donde debe estar y donde debe permanecer. Para esta nueva ultraderecha solo deben existir y tener derecho a respirar solo aquellos que demuestren que provienen de abolengos debidamente probados; no hay lugar a aproximaciones o a medias tintas, se tiene que ser. Sus posturas se han radicalizado a tal punto que convirtieron su pensamiento en una especie de culto o dogma, y quien no esté ahí es visto como un enemigo.

Su propuesta sobre la economía es neoliberalismo puro. Las relaciones internacionales y de mercados no pueden ser con otro socio que no sea el país del norte y a eso súmele que se le debe rendir culto a Trump como un salvador de la humanidad que nos está librando de toda la plaga comunista; así de sencillo, no es geoestrategia ni geopolítica de control de recursos, y el que ose decir lo contrario es un comunista disfrazado. Cero subsidios y salarios paupérrimos, entre otras cosas porque al trabajador hay que verlo en su justa proporción: como a un esclavo, y a los esclavos no se les paga bien porque si no dejan de serlo. En cuanto al manejo de la seguridad, confunden autoridad con autoritarismo y las armas del Estado son para quitar del medio al contrario. En este nuevo dogma encuentran cabida violentos, racistas, machistas, clasistas, resentidos, uno que otro delincuente de cuello blanco y, por supuesto, los acomodados que caen de pie en cualquier tendencia para sacarle provecho políticamente.

En el otro extremo están los otros, los que consideran que la riqueza hay que distribuirla “equitativamente”, eso sí, sin trabajar, porque todo aquel que tenga capital es un explotador esclavista moderno. Creen ciegamente que el Estado es una vaca lechera a la cual hay que pegársele, no importa de dónde salga la leche, el objetivo es vivir de ella. Ven como un enemigo a aquel que no piensa igual a ellos; todos son paramilitares, corruptos, burgueses y su álter ego es Cuba o la extinta Unión Soviética y los países de la cortina de hierro. Casi siempre viven con odio en su corazón frente al contrario; son, en síntesis, resentidos sociales también.

Y, por supuesto, los representantes de cada extremo saben que, si se sabe explotar, estos odios y pasiones dan mucho rédito político, con la diferencia de que la izquierda lleva ventaja porque los pobres son muchísimos más en proporción de tres a uno. ¿O por qué creen que Gustavo Petro puso de vicepresidente a una pobre negra, de embajadora ante la ONU a una india, un negro chocoano de canciller, un bazuquero de ministro de Educación y a un travesti de ministro de la Igualdad? ¿Creen que es porque es un “progresista” empedernido? Es populismo en su más pura expresión, y el haber presentado reformas a la salud, a las pensiones y al sistema laboral llevaba un cálculo político con una milimetría bien pensada; sabía que esto iba a provocar la furia de sus opositores y reaccionarían con torpeza, y lo logró con una perversa y calculada carambola a tres bandas.

El debate político lo llevaron a que el pobre sienta que ese sector que le quiere quitar “sus derechos” no debe llegar al poder, y los otros quieren erradicar de la faz de la tierra a su enemigo que hoy tiene poder, que no sabe qué hacer con él, pero lo tiene. Y en ese rifirrafe, ganará una postura moderada de la centroizquierda o de centroderecha y una minoría saldrá a votar odiando a su adversario.

Por Eloy Gutiérrez Anaya

TE PUEDE INTERESAR