CRÓNICA

Una historia siniestra

De Pedro, el ausente, casi no llegan noticias. La imaginación vuela con el deseo de percances que alimentan la idea de suponerlo muerto. Sería una feliz solución. Un día la recua del correo trajo la temida carta. Desde una playa antillana Pedro Crespo, en renglones que rebosaban alegría, anunciaba su regreso. Había que actuar ligero, la mente llena de furores pasionales da la solución: ¡Había que asesinar!

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La claridad del alba se colaba por un ojo de buey de su casona de Popayán, cuando don Pedro López Crespo se levantó de su silla de vaqueta y dio pasos para desentumecer las piernas. La luz del día sorprendió a la luz de su candil sobre su mesa de trabajo en la tarea de revisar libros de cuentas para dejar a derechas el inventario de sus bienes y deudas.

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Iría a tierra lontana con los riesgos crecidos que eso suponía, frente a una recua por los senderos retorcidos de la cordillera entre diluvios sin tiempo que haría la tierra resbaladiza al borde de derrocaderos con bruma y el posible encuentro con salteadores de caminos que con sus machetes corvejeros robaban y asesinaban viajeros.

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