La claridad del alba se colaba por un ojo de buey de su casona de Popayán, cuando don Pedro López Crespo se levantó de su silla de vaqueta y dio pasos para desentumecer las piernas. La luz del día sorprendió a la luz de su candil sobre su mesa de trabajo en la tarea de revisar libros de cuentas para dejar a derechas el inventario de sus bienes y deudas.
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Iría a tierra lontana con los riesgos crecidos que eso suponía, frente a una recua por los senderos retorcidos de la cordillera entre diluvios sin tiempo que haría la tierra resbaladiza al borde de derrocaderos con bruma y el posible encuentro con salteadores de caminos que con sus machetes corvejeros robaban y asesinaban viajeros.











